Por Vaquero González
Cuando una oposición se apaga, no gana un partido: pierde una democracia.
El poder necesita contrapesos, necesita vigilancia, necesita voces que cuestionen y corrijan. Sin oposición sólida, cualquier gobierno —el que sea— se acostumbra a no rendir cuentas. Y esa comodidad es el primer síntoma de decadencia política.
Por eso preocupa lo que pasa hoy con Acción Nacional. No hablo desde la trinchera del oficialismo ni con el afán de atacar, sino desde la tristeza de ver caer al que alguna vez fue símbolo de lucha democrática en México. El PAN que empujó alternancias, que impulsó ciudadanía, que equilibró al sistema, ya no está. En su lugar queda un eco difuso, un intento de oposición que parece más perdido en su propio laberinto que enfocado en representar al país que dice defender.

Los números lo reflejan con crudeza. Según Polls MX, de los más de 2,400 municipios en México, Morena y sus aliados gobiernan 1,125 —casi la mitad del país—, mientras que el PAN apenas conserva el 9 %. En simpatías partidistas, un estudio de El Universal coloca a Morena con una intención de voto del 46 %, mientras la oposición en conjunto (PAN, PRI y MC) apenas llega al 32 %.
Y El País describe al PAN como un partido “desdibujado”, sin claridad ideológica ni liderazgo visible. No se trata de números vacíos: se trata de representación. Cada punto perdido en las encuestas significa ciudadanos que dejaron de creer, estructuras locales debilitadas, militancias cansadas. La oposición parece hablarle más a su pasado que a su presente. Y en ese proceso, ha cedido el espacio que la democracia necesita para respirar. Pero el problema no es sólo del PAN. También lo es de quienes celebran su caída como una victoria política.
Porque una democracia sin oposición funcional es una democracia coja. Gobernar sin crítica es como correr ciegamente: puedes avanzar rápido, pero no sabes a qué te estás acercando.
El PAN, con todo su desgaste, sigue teniendo en sus manos una responsabilidad histórica: reconstruirse. Reaprender a escuchar, a conectar, a proponer. Renovarse no con los mismos rostros ni con el mismo discurso, sino con propósito. Una oposición sana no existe para estorbar al gobierno, sino para recordarle por qué llegó al poder. Y, sí, aunque milite en Morena, lo digo con claridad: Morena también se equivoca.
Como cualquier fuerza política, necesita adversarios que le exijan más, que le cuestionen con argumentos, que le empujen a mejorar. Porque el poder sin límites es abuso, y el abuso sin crítica termina en descomposición.
Hoy, Acción Nacional parece atrapado entre su nostalgia y su miedo a reinventarse. Se pelean entre ellos, adoptan discursos de MORENA y pierden identidad. Es como si intentaran mantener el orden en medio del desorden que ellos mismos ayudaron a construir.
Y ahí está el fondo de todo: quienes provocaron el caos son ahora los encargados de administrarlo. Esa lógica perversa ha mantenido al país atrapado en una política donde todo cambia para que nada cambie. La verdadera renovación no será de colores ni de siglas. Será cuando los partidos —todos— entiendan que la política no es para conservar privilegios, sino para servir. Y que el enemigo no está en el adversario, sino en el conformismo. Porque si la oposición muere, la democracia no se cae: se apaga lentamente. Y ese silencio, ese vacío de ideas, es mucho más peligroso que cualquier derrota electoral.


