Por: Sofía González Torres
En la XVI Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe no solo se firmó un acuerdo, se abrió un parteaguas: la construcción de una sociedad del cuidado como paradigma de desarrollo. El resultado: la firma del Compromiso de Tlatelolco como la hoja de ruta para una década de acción que puede redefinir la igualdad de género en nuestra región.
El Compromiso de Tlatelolco eleva el estándar de lo que los Estados deben garantizar en materia de cuidados. A partir de este acuerdo, los países de la región están llamados a impulsar acciones que rompan con la división sexual del trabajo, a integrar la perspectiva de cuidados en la planeación nacional y a diseñar políticas que transformen el discurso público, incluyendo a los medios de comunicación, para reconocer su valor y promover la corresponsabilidad social.

Pero los acuerdos, por sí solos, no cambian vidas. El verdadero desafío comienza ahora: transformar las palabras en instituciones, en políticas públicas y en leyes con financiamiento sostenido.
El corazón del debate es claro: ¿seguirá el cuidado siendo un trabajo invisibilizado y asignado a las mujeres, o lo reconoceremos como un derecho humano universal? La CEPAL lo plantea sin rodeos: sin cuidados no hay vida y sin vida no hay economía. Ese trabajo silencioso que millones de mujeres realizan cada día sostiene al mundo, pero ha sido históricamente ignorado por los sistemas legales y económicos.
El Compromiso de Tlatelolco ofrece un marco poderoso: las 5 R de la economía feminista —Reconocer, Reducir, Redistribuir, Recompensar y Representar—. Este lenguaje, que durante años circuló en los foros feministas, debe convertirse en política intergubernamental. Reconocer el valor económico del cuidado, redistribuirlo entre Estado, empresas y familias, y garantizar condiciones laborales dignas para quienes lo ejercen es la única manera de romper con un modelo de desarrollo que precariza a mujeres, niñas, comunidades indígenas, migrantes y sectores empobrecidos.
México, como país anfitrión y primera nación en celebrar esta conferencia bajo el liderazgo de una mujer presidenta, Claudia Sheinbaum, está frente a un doble mandato: simbólico y práctico. La jefa del Ejecutivo anunció la creación de 1,000 centros de educación y cuidado infantil, un avance concreto que responde a una deuda histórica. Sin embargo, el reto va más allá: nuestro marco legal sigue fragmentado, disperso en leyes sectoriales sin un sistema integral que garantice el cuidado como derecho humano.
El aprendizaje está frente a nosotros. Uruguay demostró que un sistema de cuidados puede ser integral y sostenible; Bogotá, con sus “Manzanas del Cuidado”, evidenció que cuando el Estado entra a los territorios, las mujeres ganan autonomía. México no puede quedarse en la retórica: requiere una Ley General del Sistema Nacional de Cuidados, con financiamiento suficiente, diseño institucional robusto y corresponsabilidad efectiva.
El Compromiso de Tlatelolco marca el inicio de una década decisiva. Diez años en los que sabremos si México fue capaz de traducir el liderazgo simbólico en transformaciones tangibles o si dejamos pasar la oportunidad de reconfigurarnuestra democracia desde el cuidado.
Estamos hablando de renegociar el contrato social desde una óptica feminista. La firma del acuerdo fue el primer paso. Ahora viene lo más complejo: que las leyes, los presupuestos y las instituciones reflejen lo que las mujeres hemos exigido por décadas. La revolución del cuidado ya comenzó, y México no puede fallar.




