Por Victor Manuel Arredondo Vizcarra.
Recuerdo que en una clase, mi profesor de historia de la carrera (saludos a Gilberto López Alfaro) nos dijo que “los inicios de siglo siempre son tiempos de crisis”, y no podría estar más de acuerdo con el: en el siglo XIX fueron las guerras napoleónicas, en el siglo XX fueron la Gran Depresión y las guerras mundiales, y ahora en el siglo XXI es producto de las crisis económicas, una pandemia y la guerra en Europa que está presente desde febrero, y a esto debemos sumarle la creciente polarización política que estamos viviendo en el mundo, producto de esta crisis de inicios de siglo.
En esta columna me gustaría explicarles el porqué estoy convencido de esta frase con hechos. Empecemos con el conflicto que tiene a Europa sin calefacción (literalmente), y es que el conflicto que sostiene Rusia con Ucrania es un fiel reflejo de que el status quo en el sistema internacional está cambiando: Estados Unidos ya no puede sostener la narrativa de “pacificador del mundo” ni puede impedir guerras, y Rusia esta haciendo el intento por imponer sus condiciones, aunque en estos momentos las fuerzas ucranianas le estén dando la vuelta a la tortilla (apoyados por las armas de Occidente).

Añadido a esta guerra, vemos que Occidente no está jalando completamente parejo a favor de Ucrania: el despertar de la derecha en el viejo continente está cuestionando si de verdad es necesario seguir apoyando a una endeble democracia ucraniana a costa de una crisis energética grave justo cuando se viene uno de los peores inviernos de los últimos años.
Y ya que hablamos del retorno de la derecha, es necesario evidenciar la polarización en Europa por este fenómeno: España con la confrontación entre Vox y la izquierda oficialista, Francia con Le Pen y Macron, en la Unión Europea están confrontados los valores democráticos pro-Europa con los euroescépticos de Italia, Hungría, Polonia y otros países, además de la crisis política en el Reino Unido consecuencia de las pésimas gestiones de los conservadores, casi como si la muerte de Isabel II fuera el presagio de todo esto.
Y como la viruela en el siglo XVI, estos conflictos políticos no se quedaron en Europa: en Estados Unidos el discurso anti-derechos LGBT y racistas está ganando terreno a la par de la popularidad de Donald Trump, en Brasil la confrontación entre Lula da Silva y Jair Bolsonaro está a flor de piel, y en México tenemos una sociedad que poco a poco se polariza más pero que no se representa en los partidos políticos, por mencionar algunos casos.

Y por última evidencia tenemos la crisis económica que se viene gracias a las secuelas de la pandemia de Covid – 19: una inflación producto de pésimas estrategias fiscales y monetarias en Europa y Estados Unidos, una economía mundial que no puede levantar su productividad, precios altos afectados por la guerra en Ucrania, el aumento de los precios del petróleo por parte de la OPEP como una jugarreta de Rusia (en alianza con Arabia Saudita) contra Occidente por no someterse a sus condiciones para comprarles gas natural, etc.
Todo esto combinado hace que los principales organismos internacionales financieros como el FMI y el Banco Mundial pronostiquen una recesión global, cerrando un círculo vicioso: si hay crisis económica, hay crisis política, si hay crisis política los conflictos se profundizan, y mientras sigan los conflictos, la economía no se recuperará, y así el ciclo se repite.
Para ir cerrando esta reflexión, desgraciadamente este círculo no parece que vaya a descarrilarse pronto: la polarización política crece, los conflictos internacionales (no solo el de Ucrania y Rusia) no cesan, la economía no se recuperará en un mediano plazo, lo que hará difícil las condiciones para los jóvenes que buscan trabajo, los empresarios que buscan producir para exportar o importar y los diplomáticos que buscan la paz mundial.
Hay que estar preparados para lo que venga, y estoy seguro que entre nosotros, los jóvenes, están las soluciones para un mejor futuro, pero para eso tenemos que prepararnos y ser resilientes.


