Por Areli Regain
La historia de ninguna mujer puede ser contada sin antes llevar a la sobremesa, las historias de nuestras ancestras. Las mujeres que revolucionaron a escondidas desde las cocinas, las que vivieron creyendo que su sitio era recatadas, embarazadas y sumisas. A las que se les cortaron las alas, porque su inteligencia en aquellos tiempos, era una amenaza.
La historia de ninguna mujer puede ser contada sin la historia de sus ancestras, de las que parieron en el campo y se amarraron el vientre para seguir trabajando, de las que solas les tocó maternar y día y noche en el trabajo tenían que estar, a las que se les culpó por todos los males de la sociedad, cuando con sus dos brazos no pudieron salvar a todo el mundo, dejándose a sí mismas hasta el final.
La historia de ninguna mujer puede ser contada sin la historia de sus ancestras, de las que estuvieron ausentes y amor no enseñaron, las que hirieron y jamás se disculparon, las que tuvieron favoritismos entre hijos y las que siguieron criando bajo el yugo de la misoginia, pasando estas historias a sus hijas y a las hijas de sus hijas.
La historia de ninguna mujer puede ser contada sin la historia de sus ancestras, de las que pelearon desde sus trincheras, de las que salieron adelante agarrándose unas con otras, de las que se posicionaron ante el sistema y lo desafiaron, de las que criaron a las hijas de hoy que marchamos y gritamos, cuando en su época, alzar la voz parecía un pecado.

Mi historia no se puede contar sin la historia de mi madre, de mi abuela, de mi bisabuela, mi tatarabuela y todas las estuvieron antes de ellas; porque después de todo, debemos reconocer que todas ellas antes de ser madres, hijas o esposas, son y fueron mujeres, mujeres que hicieron lo que pudieron con lo que tuvieron, mujeres que se las arreglaron en sus propios contextos para sobrevivir en un sistema hecho para oprimir. Y la historia de las miles de mujeres que hoy marchan juntas, siendo una misma voz, no puede ser contada si olvidamos gritar por aquellas que nos precedieron y también vivieron sus batallas.
Este es México, un país que odia a las mujeres, que las estandariza en sitios utópicos. Una serie de preceptos naturalizados y estúpidos, que desgastan, nunca seremos las mujeres perfectas en este sistema. Lo único que encaja son las llaves correctas, en los candados correctos y para infortunio de muchos, sabemos salir de las jaulas por nuestros propios medios.
Esto va para la niña que no pudo pedir ayuda, para la que la pidió y nadie le creyó, para la que intentó abortar y el clero se lo impidió, para la que murió en una clínica clandestina porque otro remedio no halló, para la joven que sueña en un contexto donde todo parece imposible, para la que materna sola y se parte en mil pedazos todos los días, para la que busca a su hija esperando que la tierra se la devuelva, para la oveja revolucionaria de su familia que no es entendida, para la que está donde se disculpan con flores después de los golpes, para las que no pudieron salir y ahora a donde les llevan flores es a los panteones, para las que diario luchan por sobrevivir en cárceles que no pueden llamarse hogares, para las que se siguen culpando por lo que les pasó, para las que guardan secretos dolorosos, para las que con su sabiduría siguen su proceso aún a través de los años, para las que se revelan y para las que aún no están listas.
Para las que nos precedieron, las que se están criando y para las que vienen.
“Muchas mujeres se murieron y a otras las mataron pensando que eso era lo que merecían”, esa frase, la dijo la mujer sin la que mi historia no podría ser contada.
Que nuestras ancestras vivan en nosotras.
Que les demos voz y honor a sus historias.
Que este 8M, en nuestros gritos vayan sus nombres, sus luchas y sus dolores.
Hoy marchamos, rompemos y quemamos, con la esperanza de que llegue un día donde ya no tengamos que hacerlo, para que ser mujer en México, deje de ser un factor de riesgo.


