Por Vaquero González
Te voy a platicar de un lugar donde la gente estaciona sus carros en el techo, donde el aire se respira diferente y no hay señal. Ahí, con una infección en la garganta marca ACME, me acerqué a un señor en la calle y le pregunté: “Oye, ¿dónde está la farmacia más cerca?” y me dijo que todo derecho, a 2 km.
Para ubicarla pregunté: “¿Qué, Guadalajara o Del Ahorro?” y me dijo: “Aquí no hay de esas, es un pastillero.”
Me saqué de onda y me metí a investigar: ¿por qué vivir tan lejos te aleja de las oportunidades? Una Farmacia Guadalajara cuesta alrededor de 1 o 1.5 millones de pesos, según consultorías oficiales, y todos los negocios operan mensualmente con -aproximadamente- el 10% de lo que cuestan en su inicio, o sea, un costo de 100,000 – 150,000 pesos mensuales.

Pero, ¿quién te va a comprar? Si ahí hay pastilleros, hueseros o medicamento natural, ¿quién tiene el privilegio de comprar en una Farmacia Guadalajara ahí?
Y ahí me cayó el veinte: la desigualdad no siempre se mide en dinero… a veces se mide en kilómetros. En cuántas horas de camino estás de una oportunidad o de una simple farmacia.
Donde la vida se gana al día, donde la solidaridad es su máxima fuente de ingreso. Porque, ¿qué podría hacer una Farmacia Guadalajara por ayudar a personas que viven a más de 2,000 metros en las montañas? Ahora imagínate, si no se pueden dar el lujo de comprar en la Guadalajara, ¿en dónde sí? Tal vez en un pastillero o un huesero.
La pregunta de fondo es: ¿y por qué? Bueno, pues únicamente porque viven más lejos. Es como cuando tienes un grupo de amigos y siempre hay uno que vive más lejos, y justo es ese el que a veces no puede unirse al grupo o el que todos decimos “qué hueva ir por él hasta allá”.
Ahora imagínate esa desigualdad para los que viven en el Quirambal, donde ni siquiera llegan las nubes, cae antes la noche, pega primero el sol y las lluvias azotan sin freno.
Pero, ¿qué hacíamos en la sierra con gripa marca ACME? Bueno, pues este lugar que les digo se llama Jalpan de Serra, en Querétaro, donde le pegaron unas lluvias durísimas. Y yo nunca había visto un señor moverse tanto por unas despensas, jajajaja
Gestionando con todo mundo, marcándole a todo mundo, planeando la gira. Unos días de trabajo pesadísimos, de llenar vans, pick-ups, carros y lo que fuere para hacer llegar la ayuda a la sierra de Querétaro.
Luis Humberto Fernández fue personalmente -nos secuestró a mí y a todo el equipo que trabajamos con él-, colonia por colonia.
Y eran trayectos de una hora en zonas donde de verdad cuestionabas si pasaba el carro o no, pero él chief decía: “Vamos a ir ahí a entregar”, y era tratar de subir en carro o irnos caminando, subiendo entre erros, sin señal.
Ahí me di cuenta de otra cosa: la gente. Obvio me perdía a veces, y le preguntabas a alguien y te decía por donde era el camino. Todo mundo pasaba a darte los buenos días, a darte las gracias, a reconocer el trabajo.
La gente más agradecida del mundo. Y la gente agradecida suele ser gente feliz. Viven en una paz de ensueño, casitas humildes pero familias unidas. A veces casas tan grandes dividen mucho a las familias.
No les sobra la comida, pero nunca falta para compartir. En un lugar entre montañas de más de 2,000 metros, derrumbes y aislamiento, un lugar donde la solidaridad es su manera de seguir adelante, hay que aprender mucho de ellos.
Y sí, estacionan los coches en el techo porque como la casa está hacia abajo, el techo es como la cochera, jajaja.
Todo esto lo aprendí un día que trabajé en las montañas…
Que allá donde parece que no hay nada, hay todo lo que a nosotros nos falta.




