Por: Ixchel López
Los cómplices de un sistema incapaz de atender las urgencias del pueblo.
En la Comisión Permanente del Congreso, el altercado entre Gerardo Fernández Noroña, de Morena, y Alejandro “Alito” Moreno, del PRI, pasó rápidamente de los gritos a los empujones y terminó en golpes. El saldo: un colaborador lesionado, imágenes transmitidas frente a las cámaras nacionales y la confirmación de que, en México, la política hace tiempo que dejó de ser un espacio de debate para convertirse en un espectáculo vergonzoso.
Podría parecer un incidente aislado, fruto de egos inflamados y viejas enemistades, pero en realidad es un síntoma de algo mucho más profundo: la mediocridad de los partidos políticos como instituciones. Los legisladores que deberían estar construyendo acuerdos en beneficio del país terminan protagonizando un bochorno que degrada la investidura, la función y la confianza ciudadana en la política.

Los partidos en México han convertido el espacio legislativo en un escenario donde importa más la confrontación que la negociación, más el insulto que la propuesta, más el golpe que el consenso. Y esa dinámica no es casualidad: es el resultado de organizaciones cuyo objetivo principal no es representar al pueblo, sino preservar privilegios, cuotas de poder y financiamiento público.
Mientras los legisladores se pelean en el pleno, los problemas reales del país —violencia creciente, pobreza persistente, desigualdad estructural, falta de acceso a salud y educación dignas— permanecen sin respuesta. El espectáculo desplaza la discusión de fondo: ¿qué están haciendo nuestros representantes por resolver las crisis que afectan a millones de ciudadanos? La respuesta es incómoda: muy poco, porque la energía política se consume en disputas estériles.
La pelea entre Noroña y Moreno no nos debería sorprender; es apenas el punto más visible de una práctica sistemática: partidos que se benefician de dividir a la sociedad en bandos irreconciliables, que polarizan para movilizar, que atacan al adversario para ocultar sus propias carencias. La consecuencia es un sistema político que se retroalimenta del conflicto y que posterga indefinidamente las soluciones de fondo.
La verdadera pregunta no es por qué se pelearon Noroña y Moreno, sino por qué aceptamos que este tipo de escenas sean normales en la política mexicana. El problema no es un partido en particular, sino la lógica misma del sistema partidista, que premia la confrontación y castiga el acuerdo. No es Morena contra PRI, ni PRI contra PAN: es una estructura en la que todos los partidos terminan siendo parte de la misma mediocridad.
Este episodio debe leerse como un recordatorio: la política mexicana vive atrapada en el espectáculo y alejada de las necesidades ciudadanas. El circo legislativo no es un desliz anecdótico, es el reflejo de un sistema que ha renunciado a la altura, a la responsabilidad y a la dignidad.
Mientras tanto, afuera del recinto, la violencia no se detiene, la pobreza no disminuye y la desigualdad se profundiza. El país necesita representantes capaces de discutir con seriedad, pero lo que tenemos es un teatro de golpes e insultos.
Y en ese contraste está la verdadera vergüenza nacional.




