Por: Yezda Mejía
En tiempos de polarización global, lo que empezó como una apuesta por la justicia social se ha convertido en un campo de batalla ideológico. ¿Dónde está el equilibrio entre lo justo y lo excesivo?
La palabra “woke” surgió como un llamado a despertar frente a las injusticias. Ser woke, en su origen, implicaba estar consciente de las desigualdades raciales, de género, económicas y sociales que atraviesan a nuestras sociedades. Era un concepto que invitaba a ver más allá del privilegio y actuar en consecuencia. Sin embargo, en los últimos años, “woke” ha sido absorbido por una narrativa mucho más polarizada. Para algunos, representa una lucha legítima por la equidad; para otros, una imposición ideológica que censura y divide.
Como internacionalista, observo con interés cómo esta tensión se ha globalizado. Lo que comenzó como una expresión popular en Estados Unidos, hoy influye en discursos políticos, campañas publicitarias, debates culturales y decisiones de empresas en todo el mundo. La cultura woke ya no es solo una postura; es un campo de batalla simbólico.

Un ejemplo reciente lo encontramos en la campaña de la marca American Eagle protagonizada por la actriz Sydney Sweeney. El anuncio jugaba con la ambigüedad entre las palabras “jeans” y “genes”, lo que fue interpretado por algunos como un guiño a ideas de eugenesia o supremacía blanca. La reacción en redes no se hizo esperar. A pesar de que la empresa aclaró que el mensaje hacía referencia a los pantalones, no a la carga biológica, la controversia ya había escalado.
El presidente Donald Trump salió a defender la campaña, pero lo hizo con un argumento revelador: el anuncio era “fantástico” aludiendo a las simpatías conservadoras de la actriz, y criticó duramente la cultura woke afirmando que “es para perdedores”. Esta intervención no busca matices ni explicaciones; busca reafirmar una trinchera.
Y es ahí donde la cultura woke deja de ser una herramienta de conciencia y se convierte en una etiqueta de guerra. Cualquier mensaje ambiguo, cualquier representación estética, cualquier actor que no encaje con una narrativa determinada, es sospechoso. Pero también lo es quien se opone demasiado rápido, sin contexto, sin escuchar.
¿Cómo llegamos a este punto? La globalización digital ha multiplicado las voces, pero también ha acortado la paciencia. Las redes sociales recompensan la reacción inmediata, no el análisis profundo. Y las empresas, en su intento de mantenerse relevantes, caen a veces en la trampa de los mensajes fáciles, pero peligrosamente interpretables.
El problema no es ser woke, sino cómo se ha manipulado y vaciado de contenido ese concepto. Lo que debería ser un llamado a la justicia social se ha convertido, muchas veces, en una plataforma para atacar, cancelar o dividir.
Como internacionalistas, tenemos el reto de observar estas tensiones con una mirada crítica, pero también constructiva. No se trata de negar las luchas legítimas que dieron origen a esta conciencia, sino de evitar que se conviertan en herramientas de censura o de marketing vacío.
Necesitamos más espacio para el matiz, más voluntad de diálogo y menos trincheras. Porque entre los extremos, lo justo se pierde. Y entre las etiquetas, se olvida la humanidad de quien piensa distinto. Ser conscientes no debería significar ser intransigentes. La verdadera revolución no está en gritar más fuerte, sino en pensar más hondo. Recuperar el sentido de lo ‘woke’ no es una batalla de hashtags, sino un acto de responsabilidad intelectual y moral. Y tal vez, en un mundo que todo lo sobreexplica, lo más valiente sea aprender a escuchar antes de etiquetar.


