Por Yeza Mejía
Mientras las instituciones internacionales titubean ante crisis urgentes como la guerra en Gaza o el cambio climático, las potencias emergentes redefinen silenciosamente las reglas del juego. ¿Ha muerto el consenso global?
No es fácil aceptar que la cooperación internacional está en crisis. Pero hoy, más que nunca, urge preguntarnos: ¿quién sostiene el equilibrio del mundo cuando las instituciones que nacieron para ello se ven rebasadas, ignoradas o utilizadas como plataformas de poder simbólico?
La guerra en Gaza es uno de los ejemplos más crudos. Desde octubre de 2023, el Consejo de Seguridad de la ONU ha sido incapaz de frenar la escalada de violencia o siquiera emitir resoluciones vinculantes claras. El veto sistemático de algunos miembros permanentes paraliza cualquier acción significativa. A la fecha, más de 35,000 personas han muerto —en su mayoría civiles, según datos de la ONU— y el derecho internacional humanitario parece ser letra muerta. La ayuda humanitaria no llega, los corredores humanitarios se negocian a cuentagotas, y el multilateralismo muestra su rostro más impotente.

¿Por qué no funciona? Desde una visión realista, el Consejo de Seguridad no es un órgano neutral, sino un espacio dominado por los intereses estratégicos de cinco potencias con derecho a veto. La soberanía nacional y los cálculos de poder siguen siendo las fichas centrales del tablero internacional. Pero el problema va más allá. Desde el constructivismo, esta crisis refleja una fractura profunda en los valores compartidos: ya no hay consenso sobre qué significa “seguridad humana” o “derechos universales”. Cada actor reinterpreta estos conceptos según sus intereses. El lenguaje internacional común se desintegra.
La otra gran deuda del multilateralismo está en la lucha contra el cambio climático. Las Cumbres de las Partes (COP) siguen acumulando discursos y acuerdos no vinculantes, mientras el planeta se recalienta. En 2023, la temperatura global superó por primera vez los 1.5 °C de aumento en varios meses, según datos del Servicio de Cambio Climático Copernicus. Sin embargo, los compromisos de reducción de emisiones siguen siendo voluntarios y muchas veces ignorados. ¿Qué tan efectivo es un sistema basado en promesas sin consecuencias?
Y en medio de esta parálisis, algo menos visible pero igualmente determinante ocurre: el ascenso silencioso de potencias emergentes que ya no creen —ni apuestan— por el multilateralismo clásico. Países como China, India, Turquía o Brasil han comenzado a construir sus propias rutas de influencia a través de bloques regionales, acuerdos bilaterales o plataformas alternativas como los BRICS. En vez de reforzar la arquitectura institucional heredada de la posguerra, la están rodeando.
No se trata de nostalgia por un pasado idealizado, sino de reconocer que el orden global que conocíamos está dejando de existir. Las instituciones como la ONU, la OEA o incluso la OMS enfrentan una crisis de legitimidad. Ya no es solo que no puedan actuar; es que cada vez más actores ya no creen en ellas como mediadoras válidas.
En lugar de una gobernanza global, estamos presenciando una especie de “archipiélago de poder”: islotes desconectados de influencia, alianzas circunstanciales, y reglas que cambian según quién tiene la fuerza para imponerlas.
¿Qué sigue? Hay que repensar el sistema. ¿Puede haber un nuevo multilateralismo que no se construya desde el Norte Global, sino desde una visión más diversa y equitativa? ¿Qué rol puede jugar América Latina, el Sur Global, o incluso actores no estatales en esta reconstrucción?
El multilateralismo está bajo fuego. La pregunta no es si sobrevivirá, sino cómo lo transformaremos antes de que sea demasiado tarde.


