Invitación a rendir culto el día de muertos.

LETICIA GUADALUPE VEGA PERAZA

Por Mtra. Leticia Guadalupe Peraza Vega

“No estoy muriendo, estoy entrando en la vida”, Teresa de Lisieux.

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El Día de Muertos es el resultado histórico de distintas concepciones de la muerte, es una teología popular de la memoria: la muerte no destruye completamente el vínculo entre los vivos y los muertos, sino que transforma la manera de relacionarse con ellos.

El fallecimiento significa una transformación del estado del ser. Una publicación reciente del INAH resume que para los pueblos mesoamericanos la muerte era entendida como una continuación de la existencia bajo otra modalidad, y que el destino del difunto dependía especialmente de la forma de morir y de su condición u ocupación en vida.

Esto es fundamental porque nos permite comprender algo que posteriormente se vuelve característico del Día de Muertos: el muerto sigue teniendo una función dentro de la comunidad. No desaparece simplemente de la estructura social, se le recuerda, se le alimenta simbólicamente, se le habla, reciben ofrendas y, bajo determinadas concepciones, puede regresar temporalmente.

En la visión nahua, Mictlán era el inframundo asociado con los muertos que tenían determinado tipo de fallecimiento. Según la síntesis del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) sobre las concepciones nahuas, existían diferentes destinos: los muertos en combate o sacrificio tenían un destino relacionado con el Sol; quienes morían por causas vinculadas con el agua podían ir al Tlalocan; ciertos niños tenían un destino particular asociado con el árbol nodriza y gran parte de los muertos emprendían el camino hacia el Mictlán.

Asimismo, las fuentes nahuas hablan de nueve niveles del inframundo, con obstáculos que el difunto debía superar. En la tradición posterior, uno de los elementos más famosos es el xoloitzcuintle, el perro que ayuda al muerto a atravesar el río del inframundo.

Por otro lado, se le atribuye a San Odilón de Cluny la conmemoración de todos los fieles difuntos el día 02 de noviembre alrededor del año 998, para los monasterios sujetos a su autoridad, a quienes les instauró un “día”, como diríamos en estilo moderno, dedicado a la conmemoración en oración de todos los fieles que han fallecido. Sin embargo, históricamente existen diversos matices sobre la fecha exacta y el proceso mediante el cual se extendió el Día de Muertos en el mundo, esto significa que el calendario del Día de Muertos mexicano tiene una raíz europea real y documentable.

San Agustín incluso habla del recuerdo de la Iglesia por los difuntos, especialmente por aquellos por quienes nadie reza: ella los acoge en su oración, la “pia mater communis” (la piadosa Madre de los Comunes). Y vemos que esta práctica se extiende entre los fieles, para obtener para ellos el “descanso eterno” del que se habla en la liturgia de los difuntos: “Requiem aeternam dona eis Domine” (Dales, Señor, el descanso eterno).

Según el Vaticano, la muerte corporal no significa la destrucción total del ser humano. El ser humano, imagen de Dios, es “cuerpo, alma y espíritu”, dice san Pablo a los Tesalonicenses: está dotado de un alma espiritual. Habiendo sido hecho hijo de Dios por el bautismo, está llamado a unirse a Él, más allá de la muerte, en la vida eterna.

Ahora bien, en México los evangelizadores españoles encontraron sociedades que ya poseían complejos sistemas y rituales relativos a la muerte, e introdujeron: Todos los Santos; Fieles Difuntos; misas; cruces; imágenes de santos; velas; prácticas funerarias cristianas; conceptos cristianos sobre el alma, el purgatorio y la resurrección. Sin embargo, las comunidades indígenas conservaron o transformaron: ofrendas; flores; alimentos; copal; rituales con los antepasados; determinados conceptos sobre el retorno de los muertos; etcétera, por lo que el resultado fue una hibridación religiosa.

De igual forma, las deidades aztecas presidian festividades en las que se ofrendan comida, flores y bailes en honor a los difuntos y a los antepasados, las cuales forman parte de las raíces prehispánicas del actual Día de Muertos. Incluso existe la afirmación popular de que los aztecas creían que el aroma del cempasúchil guiaba las almas, lo cual es un buen ejemplo de cómo una tradición viva genera explicaciones simbólicas.

Es necesario precisar entonces que la muerte es solo otro estado del ser, por lo que invito a preparar el corazón humano para la unión donde podamos abrazar y besar a nuestros queridos difuntos. Experimentarlo nutre nuestra fe en la vida eterna: “muero porque no muero” diría Santa Teresa. Compartamos entonces el deseo de encontrarlos en su retorno a la Tierra, e iluminemos su camino.

Leticia Peraza Vega
Columnista
Leticia Vega Peraza es Maestra en en Derecho Constitucional y Amparo.

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