El tráfico: un reflejo de nuestra salud mental.

DIANA SUGEY MENDOZA

Por Diana Sugey Mendoza

Últimamente, en Culiacán, el tráfico se ha convertido en uno de los temas más frecuentes de conversación. Las personas tardan cada vez más tiempo en llegar a sus destinos, especialmente durante las horas pico. Parte de esta situación se relaciona con la construcción del nuevo Malecón Margen Izquierda, una obra que promete mejorar la movilidad y descongestionar las vialidades de nuestra ciudad.

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Sin embargo, mientras esperamos que la obra concluya y sus beneficios se hagan presentes, vale la pena preguntarnos: ¿qué está pasando con nuestra salud mental mientras permanecemos atrapados en el tráfico?

Basta con observar lo que sucede en las calles. Conductores impacientes, cláxones que suenan constantemente, personas que se molestan porque alguien intenta incorporarse a su carril y otras que parecen dispuestas a hacer cualquier cosa con tal de avanzar unos metros. En ocasiones, hasta la amabilidad desaparece. Ceder el paso se convierte en una especie de derrota y conducir deja de ser una actividad cotidiana para transformarse en una batalla por ver quién llega primero.

Desde la psicología sabemos que el tráfico puede convertirse en una fuente importante de estrés. La sensación de perder el tiempo, la incertidumbre de no saber cuánto tardaremos en llegar y la falta de control sobre lo que sucede a nuestro alrededor pueden generar frustración, irritabilidad y agotamiento emocional. Si a esto le sumamos las preocupaciones laborales, familiares, económicas o personales que cada quien lleva consigo, el automóvil puede convertirse en un espacio donde terminamos descargando emociones acumuladas.

Y aquí surge otra pregunta: ¿realmente es el tráfico lo que nos hace perder la paciencia o simplemente es el escenario donde manifestamos aquello que emocionalmente no hemos aprendido a manejar?

No significa que todas las personas que se molestan al conducir tengan problemas emocionales sin resolver. El tráfico es, por sí mismo, una situación estresante. Sin embargo, nuestras reacciones también pueden revelar aspectos de nuestra manera de relacionarnos con los demás: la tolerancia a la frustración, la necesidad de tener el control, la impulsividad e incluso la dificultad para reconocer que los otros también tienen necesidades.

A veces no estamos enojados únicamente con el conductor que no nos cedió el paso. Quizá venimos arrastrando un mal día, una discusión pendiente, preocupaciones que no hemos expresado o un cansancio emocional que apenas reconocemos. Entonces, cualquier situación que nos incomoda parece suficiente para desbordarnos.

Por eso, aunque las nuevas vialidades puedan contribuir a mejorar la movilidad, difícilmente resolverán por sí solas nuestra manera de reaccionar ante las dificultades cotidianas. Podemos tener calles más amplias y recorridos más rápidos, pero si seguimos viviendo desde la prisa, la intolerancia y el enojo, encontraremos nuevas razones para perder la calma.

Tal vez el tráfico también sea una oportunidad para observarnos. Para preguntarnos por qué nos cuesta tanto esperar, por qué sentimos que debemos pasar primero o por qué una situación tan cotidiana puede despertar tanto enojo.

Porque, al final, no todo lo que nos detiene está en la calle, ni todo lo que necesitamos resolver se encuentra fuera de nosotros. A veces, antes de exigir que el tráfico avance, necesitamos aprender a reconocer qué es aquello que llevamos por dentro y que tampoco nos está dejando avanzar.

Sugey Mendoza
Columnista
La Maestra Diana Sugey Mendoza Cital es Licenciada en Psicología y se ha desempeñado con gran compromiso en distintos ámbitos de la formación, atención y reflexión psicológica. Actualmente, coordina el área de Psicología en la Unidad de Bienestar Universitario de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Es también docente en la Facultad de Psicología. Cuenta con una sólida formación académica complementada con diplomados en Psicología Clínica, Psiquiatria y salud Mental y Actualización en Docencia. Su formación de posgrado incluye una Maestría en Investigación Educativa. Ha colaborado en libros como títulados "Des-centramientos sobre la panadería desde la postpandemia" e "Interdisciplinariedad en educación". Y autora del libro Efectos de la ausencia del padre en la singularidad de la infancia.

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