El T-MEC no se revisa, se disputa.

Alfredo Inzunza

Por Alfredo Inzunza

Detrás del arancel se juega algo más grande que el comercio, quién controlará la fábrica de América del Norte en la era de la rivalidad con China.

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Hoy, 1 de julio de 2026, no vence ningún tratado, pero empieza a decidirse algo más profundo: si América del Norte seguirá siendo un bloque o volverá a ser tres países que negocian de espaldas. En esta fecha, seis años exactos después de que el T-MEC entrará en vigor, se activa la cláusula del artículo 34.7 (la llamada revisión conjunta) y con ella el reloj jurídico que definirá el mapa productivo del continente durante la próxima generación. México y Canadá ya confirmaron por escrito su intención de extender el pacto hasta 2042; Washington, no lo hizo hoy. Y ese silencio no es un descuido, es una estrategia.

Conviene recordar de dónde venimos, el TLCAN de 1994 nació bajo el dogma de la globalización feliz, producir donde fuera más barato, sin importar la geografía. Aquella lógica movió millones de empleos y engordó los márgenes corporativos, pero vació regiones industriales enteras del “cinturón oxidado” estadounidense. El T-MEC de 2020 fue la primera confesión de que ese modelo había muerto. No fue una actualización técnica, sino un cambio de paradigma, Estados Unidos no renegoció el tratado para comerciar mejor, sino para reorganizar quién fabrica qué, y dónde. La diferencia parece semántica; es geopolítica pura.

Porque el verdadero contexto del T-MEC no está en las mesas de Washington, sino en el ascenso de China. El poder económico ha sido siempre una herramienta de poder político, y en la disputa por la hegemonía del siglo XXI el control de las cadenas productivas (semiconductores, baterías, acero, software) vale más que cualquier flota.

Washington entendió que competir con Pekín exigía reconstruir en casa lo que había deslocalizado, y que no bastaba con repatriar la manufactura, había que blindar toda la región. De ahí nace el rostro más duro de la revisión de 2026, las reglas de origen.

Estados Unidos exige elevar el valor de contenido regional y, sobre todo, imponer la trazabilidad del capital para impedir que empresas chinas usen a México como puerta trasera hacia su mercado. No es proteccionismo caprichoso, es doctrina de seguridad nacional disfrazada de política arancelaria. Los aranceles de la Sección 232 sobre autos, acero y aluminio (justificados, precisamente, en la seguridad nacional) prueban que en la lógica estadounidense el comercio dejó de ser comercio para volverse estrategia.

Para México, el momento es de oportunidad y de trampa a la vez. La oportunidad tiene nombre: nearshoring. La geografía vuelve a ser destino, México entra al mercado estadounidense con un arancel efectivo promedio cercano al 2.7 por ciento, frente al 29 por ciento que paga China; ese diferencial es la verdadera ventaja competitiva del país, y explica por qué desplazó a China como principal socio comercial de Estados Unidos. Pero aquí aparece la letra chica, de todas las inversiones anunciadas en los últimos años, apenas una fracción se ha convertido en fábricas reales. México capta cifras récord de inversión extranjera y, al mismo tiempo, crece poco. Es la vieja paradoja maquiladora con ropa nueva, llega el capital, pero se queda el ensamblaje y se va el valor.

Y ahí está el dilema estratégico que México suele esquivar, ser la plataforma de ensamblaje de Norteamérica garantiza empleo, pero no soberanía industrial. Sin desarrollo tecnológico propio, sin una proveeduría nacional capaz de subir en la cadena de valor, sin energía y agua garantizadas, el nearshoring será un ciclo más y no una transformación. La dependencia frente a Estados Unidos, que concentra la abrumadora mayoría de las exportaciones mexicanas, no es un accidente, es la estructura misma del modelo.

El T-MEC puede ser la palanca para escalar o la jaula dorada que perpetúe la subordinación, depende de qué haga México con la coyuntura, no de la coyuntura misma.

Aquí es donde el artículo 34.7 revela su genio y su veneno. La cláusula establece que, si los tres países confirman la extensión, el tratado se prorroga dieciséis años, hasta 2042; si alguno no lo hace, se abre un periodo de revisiones anuales hasta 2036. En teoría ofrece certidumbre, en la práctica convierte cada año en una nueva mesa de presión. Al no confirmar hoy la extensión, Washington no rompe el tratado, pero se reserva el látigo, la posibilidad de renegociar cada doce meses, con México y Canadá obligados a sentarse una y otra vez bajo la amenaza implícita del arancel. Es la diferencia entre firmar la paz y mantener el ejército movilizado. La certidumbre jurídica que reclaman las empresas queda así suspendida en el aire de la política estadounidense, atada incluso a los calendarios electorales de 2026 y 2028. No es casual que el propio Washington haya advertido que ya no busca nuevos tratados de libre comercio, sino acuerdos recíprocos que le beneficien: en esa visión, el T-MEC no es un fin, sino un instrumento. Y todo instrumento puede usarse para integrar o para presionar.

De ahí las preguntas que este 1 de julio deja abiertas, y que ningún comunicado oficial responderá. ¿Será el T-MEC una plataforma de integración regional o una herramienta permanente de presión económica sobre los socios menores? ¿Aprovechará México esta ventana histórica para transformarse industrialmente, o repetirá el guion de la maquila con mejor iluminación? ¿Podrá América del Norte, como bloque, competir de verdad frente a la fábrica asiática, o descubrirá que su mayor rival no está en Pekín, sino en su propia incapacidad para actuar como una sola arquitectura productiva?

El tratado sobrevivirá; casi nadie apuesta a su muerte. Lo que hoy empieza a decidirse no es si habrá T-MEC, sino de quién será. Y esa es la verdadera disputa que arranca hoy.

Alfredo Inzunza
Columnista
Es licenciado en Administración Financiera por la Universidad TecMilenio y maestrante en Gestión y Política Pública en la Universidad Autónoma de Occidente, ha colaborado como consultor financiero en M1 Consultores, actualmente es profesor en la Universidad Autónoma de Occidente y analista financiero en una empresa del sector agrícola. Escribe para compartir análisis claros y críticos sobre finanzas, geopolítica, política pública y su impacto en la realidad económica.

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