Por Ericka Cerda
Pregúntele a cualquier persona en Honduras, en Guatemala, en Perú, en Ecuador, qué siente cuando va a votar. La respuesta, casi siempre, es la misma: miedo. No entusiasmo. No convicción. Miedo de lo que viene si gana el otro.
Eso es lo que somos hoy en América Latina: una región que vota con el estómago apretado.
Adam Przeworski, uno de los politólogos que más ha estudiado cómo mueren las democracias, tiene una observación que duele porque es real: cuando una sociedad vota sistemáticamente para evitar el desastre en lugar de elegir un proyecto, la democracia se agota. No de golpe. Se va vaciando por dentro. Las urnas siguen ahí, los resultados se respetan, el calendario electoral se cumple según lo establecido. Todo parece que está en orden. Excepto que ya nadie cree que sirva para algo.
Lo que se pierde es la convicción de que ir a votar tiene sentido. Y cuando eso se pierde, lo que queda no es democracia. Es una cita en el calendario que la gente cumple por inercia o por miedo, pero ya no por esperanza.
El ciclo lo conocemos de memoria. Un gobierno decepciona. Llega la oposición prometiendo que al menos no será tan malo. Decepciona también. Y la siguiente elección vuelve a ser lo mismo: no votar por alguien, sino contra alguien. Así, durante décadas. Sin que nada se construya. Sin que nada avance.
Lilliana Mason suma otro elemento que lo complica todo. Lo que ella ha documentado es que la polarización de nuestro tiempo ya no es ideológica. No es que la derecha y la izquierda tengan visiones irreconciliables del mundo. Lo que ocurrió es más profundo: la gente ya no vota por ideas. Vota contra identidades que odia. El voto dejó de ser un acto de adhesión y se convirtió en un acto de rechazo. No voto por este candidato porque creo en su proyecto. Voto por él porque detesto al otro.
Y cuando eso ocurre, el centro desaparece. Mason lo dice con claridad: al votante que llega furioso, la moderación no le ofrece nada. El que va a las urnas con rabia acumulada no busca a alguien que gobierne bien. Busca a alguien que le gane al que odia. Quiere venganza, no propuestas. Y el candidato que habla de acuerdos y puntos medios pierde antes de empezar.
Chantal Mouffe lo pone en términos simples. Una democracia necesita adversarios, no enemigos. El adversario es el que piensa distinto, pero tiene derecho a estar en la cancha. El enemigo es el que hay que destruir, el que no merece ganar ni participar. Cuando la política cruza esa línea, las formas pueden seguir intactas: las elecciones, las instituciones, los discursos de ocasión. Pero el fondo ya cambió. Y lo que queda, aunque se llame democracia, ya no lo es del todo.
Eso es lo que vivimos. Usamos las elecciones para derrotar enemigos, no para decidir hacia dónde vamos.
La ciudadanía no está equivocada. Está respondiendo a lo que el sistema le ha dado: décadas de gobiernos que fallaron, promesas que no se cumplieron, corrupción que se instaló como parte del paisaje. Con ese historial, votar contra el peor es perfectamente razonable. El problema es que esa lógica individual, multiplicada por millones de personas durante suficientes elecciones, produce exactamente el resultado que todos queremos evitar. Nadie tomó una mala decisión. Y sin embargo, aquí estamos.
Salir de la trampa no depende de un candidato. Depende de algo más difícil y lento: que la política vuelva a ser el lugar donde se discuten proyectos, no donde se administra el odio. Partidos que propongan en lugar de solo atacar. Medios que informen en lugar de solo encender. Ciudadanos dispuestos a votar por algo que quieren construir y no solo contra algo que quieren destruir. Todo eso al mismo tiempo. En un continente donde ninguna de esas condiciones está garantizada.
No está claro que eso sea posible pronto.
Lo que sí está claro es que mientras sigamos votando principalmente contra, el sistema va a seguir dando vueltas en el mismo círculo. Las elecciones se celebrarán. Los ganadores asumirán. Y cuatro años después estaremos otra vez en el mismo lugar, haciéndonos la misma pregunta.
¿A cuál es el menos malo?
Esa pregunta, repetida elección tras elección, deja de ser un síntoma. Se vuelve el diagnóstico. Y el pronóstico.


