¿Por qué un Mundial nos hace sentir gigantes?.

Luis Eduardo Hernández Jimenez.

Por Luis Jiménez

Faltan apenas unos minutos para que comience el partido. Las calles están llenas, los restaurantes instalaron pantallas gigantes y en las redes sociales todos cambiaron su foto de perfil por la bandera de México.

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Durante noventa minutos dejamos de discutir sobre política, inseguridad o economía. Somos un solo país.

Gritamos el himno con orgullo y, por un instante, creemos que podemos competir contra cualquiera. Pero basta con que termine el partido. Si México pierde, las redes sociales se llenan de frases como: “Siempre somos los mismos”, “Nunca vamos a llegar al quinto partido”, “Los europeos sí saben jugar” o “Aquí nada sirve”.

En cuestión de horas pasamos del orgullo absoluto al desprecio por nosotros mismos. Pareciera que nuestra autoestima depende del marcador. No ocurre únicamente con el fútbol. También sucede cuando una serie coreana se vuelve tendencia y todos quieren aprender coreano; cuando una cafetería extranjera llega al país y automáticamente pensamos que es mejor que la de la esquina; cuando un influencer extranjero habla bien de los tacos y entonces sentimos que nuestra gastronomía, por fin, tiene valor.

Muchas veces necesitamos que alguien de fuera nos diga que lo nuestro vale para creerlo. Mientras observaba estas escenas durante el Mundial, recordé a Samuel Ramos y su obra El perfil del hombre y la cultura en México.

Hace casi un siglo escribió que el mexicano vivía con un complejo de inferioridad. No porque fuera inferior, sino porque había aprendido a sentirse así después de siglos de compararse con otros pueblos y de pensar que todo lo extranjero representaba el modelo ideal. Quizá Samuel Ramos se sorprendería al ver cuánto ha cambiado México. Hoy tenemos acceso a información de cualquier parte del mundo, viajamos más, consumimos contenido global y convivimos diariamente con otras culturas gracias a internet.

Sin embargo, sospecho que también encontraría muchas razones para confirmar su tesis. Las comparaciones no desaparecieron; simplemente cambiaron de escenario. Antes nos comparábamos con Europa. Ahora lo hacemos con cualquier persona que aparece en TikTok, Instagram o YouTube.

Vivimos pendientes de las tendencias. Si una marca se pone de moda en Estados Unidos, la queremos inmediatamente. Si un cantante extranjero llena estadios, asumimos que su música es mejor. Si una universidad aparece en un ranking internacional, creemos que automáticamente supera a cualquier institución mexicana.

Poco a poco construimos la idea de que el éxito siempre está en otra parte. Lo curioso es que esa misma sociedad que muchas veces menosprecia lo propio también es capaz de demostrar un orgullo inmenso cuando algún mexicano triunfa en el extranjero. Celebramos a científicos, deportistas, cineastas y artistas cuando reciben reconocimiento internacional.

No basta con que sean buenos; parece que necesitamos que alguien más los valide para sentirnos orgullosos de ellos. Creo que ahí sigue presente la reflexión de Samuel Ramos. El problema nunca fue carecer de capacidad, sino dudar constantemente de ella. Nos cuesta reconocer el valor de nuestras comunidades, de nuestros conocimientos tradicionales, de nuestra cultura y hasta de nuestras propias instituciones.

En ocasiones esperamos que alguien de fuera venga a decirnos lo que nosotros mismos deberíamos reconocer. Sin embargo, también sería simplista pensar que todo puede explicarse únicamente a partir del complejo de inferioridad. El problema no es admirar otras culturas, aprender de ellas o incorporarlas a nuestra vida cotidiana. El verdadero riesgo aparece cuando esa admiración se convierte en desprecio por lo propio.

En ese momento dejamos de cuestionar, de valorar nuestra historia y de reconocer que muchas de las respuestas a los problemas actuales también pueden encontrarse en nuestras comunidades, en nuestros saberes y en nuestra diversidad cultural. La globalización nos ha acercado al mundo, pero también nos ha hecho creer que el éxito siempre tiene un acento extranjero.

Quizá la mayor enseñanza que deja Samuel Ramos no sea aceptar que los mexicanos vivimos condenados a un complejo de inferioridad, sino preguntarnos por qué seguimos alimentándolo. Tal vez el verdadero desafío no consiste en demostrar que México es mejor que otros países, sino en dejar de construir nuestra identidad a partir de comparaciones constantes.

Una sociedad que conoce su historia, reconoce su diversidad y valora lo que produce no necesita sentirse superior ni inferior frente a nadie. Solo cuando aprendamos a mirar nuestro propio país con la misma admiración con la que muchas veces observamos al extranjero podremos hablar de una identidad más libre, más crítica y verdaderamente consciente de su propio valor.

Luis Eduardo Hernández Jiménez
Columnista
Mi nombre es Luis Eduardo Hernández Jimenez. Soy Licenciado en Gestión Intercultural para el Desarrollo por la Universidad Veracruzana Intercultural. Originario de la región Huasteca de Veracruz, mi formación académica y experiencia profesional han estado orientadas al trabajo comunitario, la investigación participativa y la promoción de los derechos de los pueblos originarios. A lo largo de mi trayectoria he colaborado en proyectos relacionados con el desarrollo rural, la gestión comunitaria y el ámbito jurídico, experiencias que me han permitido comprender la importancia de fortalecer las capacidades locales y promover procesos de participación desde una perspectiva intercultural. Asimismo, he participado en cursos, congresos y espacios de formación enfocados en liderazgo, políticas públicas e interculturalidad, consolidando una visión crítica sobre los retos que enfrentan las comunidades en el contexto actual. Estoy convencido de que el diálogo entre el conocimiento académico y los saberes locales constituye una herramienta fundamental para construir alternativas de desarrollo más justas, incluyentes y acordes con la diversidad cultural de nuestro país.

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