Por Brandon Ante
Solemos imaginar la corrupción como un gran maletín lleno de dinero, un contrato millonario firmado en lo oscuro o un desvío de recursos que acapara las notas periodísticas nacionales e internacionales; esa es la corrupción del escándalo, la que nos indigna desde la comodidad de nuestro hogar, sin embargo, existe otra forma de corrupción mucho más insidiosa, una que no viste de traje ni habita en palacios, sino que viaja con nosotros en el transporte público, se sienta en nuestra mesa y se cuela en nuestras conversaciones por WhatsApp: la corrupción cotidiana.
Esta variante del mal, es un hábito, es la suma de pequeñas transgresiones que, de forma individual, parecen inofensivas o incluso “prácticas“, pero que en conjunto actúan como un ácido que desintegra el tejido de la confianza pública. La corrupción cotidiana es el “impuesto invisible” que pagamos todas y todos por vivir en una sociedad donde el atajo se premia y la regla se percibe como un estorbo.
¿Cuántas veces hemos escuchado o dicho?, frases como “ayúdame a ayudarte”, “para el refresco” o “¿Cómo nos podemos arreglar?”, estas expresiones son los eufemismos con los que maquillamos la trampa, desde pagar para evitar una multa de tránsito, hasta usar una influencia personal para saltarse la fila en una institución, sin duda, estas acciones se presentan ante todas las personas como soluciones lógicas ante un sistema burocrático que percibimos como lento o ineficiente.
El problema es que, al aceptar o proponer estos arreglos, estamos validando la idea de que el derecho no es algo que nos pertenece por ser ciudadanas o ciudadanos, sino un privilegio que se compra o se negocia. Cada vez que elegimos el atajo, estamos enviando un mensaje silencioso pero potente: las reglas son para los demás, no para mí, y cuando todas y todos pensamos que somos la excepción a la regla, la regla deja de existir.
La buena noticia es que, así como la corrupción se contagia, la integridad también tiene un efecto multiplicador, cuando una comunidad decide que ya no tolerará el “influyentismo” en su escuela o en su colonia, empieza a crear un estándar de comportamiento que presiona hacia arriba, por ello, la esperanza realista no reside en que un político honesto baje del cielo a limpiar el país, sino en que nosotros, desde abajo, dejemos de ensuciarlo.
La lucha contra la corrupción empieza en el mostrador de una oficina de gobierno, en la banqueta frente al policía y en el silencio frente a la oferta del atajo; si queremos instituciones que no nos roben el futuro, debemos empezar por no robarnos a nosotros mismos la dignidad de ser ciudadanas y ciudadanos de una sola pieza, por consiguiente, la verdadera transformación es la suma de nuestras pequeñas e invisibles honestidades diarias.
Al final, la integridad es lo que hacemos cuando nadie nos está mirando, y resulta que, para construir un país diferente, siempre hay alguien mirando: nosotras y nosotros mismos, nuestras hijas e hijos y el futuro que estamos empeñando cada vez que decidimos que una pequeña trampa “no le hace daño a nadie”.


