Cuando un país se queda sin luz: la crisis que va mucho más allá de un apagón.

YEZDA MEJÍA

Por Yezda Mejía

Hay cosas que solo notamos cuando desaparecen. La electricidad es una de ellas.

Canal de whatsapp Politikmnte

Basta un segundo de oscuridad para detener una conversación, apagar un hospital, suspender una clase, paralizar una fábrica o romper la rutina de millones de personas. En Cuba, esa oscuridad ya no dura minutos. Dura días.

Con el reciente apagón nacional (el octavo registrado en apenas dos años) el gobierno cubano reconoció que la situación energética atraviesa un momento crítico. En algunas regiones del país, la electricidad tardó hasta tres días en regresar. Pero reducir esta noticia a una falla técnica sería quedarse únicamente con la superficie del problema.

Porque un apagón nacional nunca habla solamente de electricidad. Habla del Estado.

Porque la electricidad, al final, también es una forma de gobernabilidad. Es la capacidad de un país para garantizar que lo esencial continúe funcionando incluso cuando nadie lo cuestiona. Y cuando esa capacidad comienza a fallar, lo que se pone en evidencia no es únicamente una red eléctrica, sino la fortaleza —o la fragilidad— de sus instituciones.

Mientras millones de personas siguen el Mundial, revisan estadísticas en tiempo real, comentan cada partido desde sus teléfonos y discuten cada decisión arbitral en redes sociales, en Cuba miles de familias esperan algo infinitamente más básico: que vuelva la electricidad. Dos realidades conviven al mismo tiempo en el mismo continente. Una celebra el entretenimiento global; la otra recuerda que el desarrollo también se mide por la capacidad de garantizar lo esencial.

Solemos pensar que un apagón es la ausencia de energía. En realidad, un apagón nacional representa la ausencia simultánea de muchas otras cosas: productividad, atención médica, educación, comunicación, inversión y, poco a poco, confianza.

Un foco apagado no solo deja una habitación a oscuras. También detiene una línea de producción, interrumpe cirugías, echa a perder alimentos, dificulta el acceso al agua potable, desconecta escuelas, afecta pequeños negocios y obliga a millones de personas a reorganizar su vida alrededor de una incertidumbre permanente.

La energía nunca ha sido únicamente un recurso; también es un indicador de la capacidad de un Estado para sostener su propio funcionamiento. La estabilidad energética influye en la competitividad económica, la atracción de inversión extranjera, el desempeño institucional e incluso en la legitimidad de los gobiernos. Ningún país puede aspirar a un desarrollo sostenido cuando no logra garantizar algo tan elemental como mantener encendida su infraestructura.

En el siglo XXI, la energía también se ha convertido en un instrumento de poder. Los países ya no solo compiten por capacidad militar o influencia política; también lo hacen por garantizar el acceso a electricidad, combustibles, minerales estratégicos y tecnologías capaces de sostener sus economías. La llamada seguridad energética ocupa hoy un lugar central en la agenda internacional porque ningún Estado puede aspirar a ser competitivo si depende de sistemas incapaces de abastecer a su propia población.

No es casualidad que las principales economías del mundo inviertan miles de millones de dólares en seguridad energética, diversificación de fuentes, redes eléctricas resilientes y transición hacia energías renovables. La electricidad dejó hace mucho de ser un servicio público más: hoy constituye un componente estratégico de la seguridad nacional y del desarrollo económico.

La crisis cubana también refleja otra realidad incómoda. Mientras buena parte del mundo debate sobre inteligencia artificial, digitalización, automatización industrial o transición energética, existen países cuya prioridad inmediata sigue siendo mantener funcionando una red eléctrica capaz de sostener la vida cotidiana. Esa diferencia no solo evidencia una brecha tecnológica; también revela una brecha de desarrollo.

Y las consecuencias no tardan en sentirse.

Un inversionista difícilmente apostará por un país donde desconoce si mañana habrá electricidad para operar. El turismo pierde competitividad. La producción disminuye. Los costos aumentan. La incertidumbre económica se convierte en rutina y, con ella, también crece la migración, el descontento social y la erosión de la confianza institucional.

La historia demuestra que las grandes crisis de un Estado rara vez comienzan con un solo acontecimiento. Comienzan cuando lo extraordinario deja de sorprender y empieza a convertirse en costumbre.

Ese quizá sea el dato más preocupante de Cuba. No que hoy falte la luz.

Sino que exista el riesgo de acostumbrarse a vivir sin ella.

Porque los apagones no solo apagan ciudades. También ponen a prueba la confianza de una sociedad en su propio Estado. Cuando un ciudadano deja de saber si mañana habrá electricidad, poco a poco también deja de saber qué otras certezas siguen en pie. La incertidumbre deja de limitarse al suministro eléctrico y comienza a extenderse hacia la economía, las instituciones y el futuro mismo.

Quizá el mayor privilegio de la electricidad sea precisamente que casi nunca pensamos en ella. Abrimos el refrigerador sin preguntarnos si funcionará mañana. Encendemos una computadora convencidos de que responderá. Cargamos el teléfono dando por hecho que siempre habrá un enchufe disponible. Solo cuando la luz desaparece entendemos que nunca iluminó únicamente nuestras casas; sostenía también nuestra economía, nuestras instituciones y nuestra vida cotidiana.

El Mundial nos recuerda todo lo que una nación puede mostrar cuando tiene la capacidad de encender sus ciudades. Cuba, en cambio, nos recuerda todo lo que comienza a apagarse cuando un país deja de poder hacerlo. Porque la verdadera diferencia entre un estadio lleno de luz y una ciudad sumida en la oscuridad no está en los reflectores. Está en la fortaleza de las instituciones capaces —o incapaces— de mantenerlos encendidos.

Tal vez esa sea la verdadera lección que deja Cuba. El desarrollo no comienza cuando un país inaugura grandes obras o recibe la atención del mundo. Comienza mucho antes: cuando puede garantizar que lo esencial nunca deje de funcionar. Porque el progreso no se mide únicamente por lo que un país es capaz de construir, sino por aquello que logra sostener todos los días, incluso cuando nadie lo está mirando.

Yezda Mejía
Columnista
Yezda Gisel Mejía Abarca es internacionalista y columnista enfocada en el análisis político, social y económico. Ha participado en iniciativas de vinculación institucional, liderazgo juvenil y proyectos de impacto social. Actualmente colabora en espacios de opinión pública y participa en iniciativas empresariales y académicas en Puebla. Complementa su formación con estudios en Derecho.

CONTENIDOS

LO QUE SIGUE
ÚNETE A NUESTRA CONVERSACIÓN

Suscríbete para recibir contenido exclusivo y no perderte ninguna actualización de nuestros columnistas.