Por Adrían Espinosa de los Monteros.
Desde que el mexicano tiene uso de memoria, Televisa y TV Azteca han encabezado el duopolio televisivo que ha monopolizado los contenidos mediáticos en México. Sin embargo, estos dos medios de comunicación no solamente han funcionado como vehículos que difunden mensajes a través de una pantalla, sino que también han fungido, en palabras de Esteinou Madrid (2008), como el primer poder ideológico de nuestra sociedad.
A su vez, estos dos canales, por su naturaleza lucrativa-comercial guiada por los patrones de la lógica del mercado, no han dirigido sus esfuerzos comunicativos para abordar los intereses y necesidades de amplios sectores de la sociedad mexicana, para vincular a estos sectores directamente a los asuntos públicos, más allá de un show de televisión.
Esta deuda histórica mediática que tienen los dos consorcios más grandes de nuestro país no ha sido ni remotamente saldada, pues su parrilla de contenidos no ha sufrido modificaciones en todas estas décadas de operación.
Esteinou Madrid (2008) es claro cuando señala que los procesos comunicativos, de estas dos empresas comerciales y de casi todas las cadenas televisivas del mundo, son unidireccionales, es decir que el espectador juega un rol pasivo (por más que se le involucre artificialmente) pues no puede participar realmente e incorporarse a los medios de gestión pública de nuestra nación (Esteinou Madrid, 2008)
En otras palabras, la perspectiva proyectada de ambas televisoras es la de las élites económicas que desde principios del siglo XX juegan un papel preponderante en el adormecimiento de la sociedad mexicana que se refleja en los bajos niveles de participación electoral y en la poca o nula cultura política de las y los ciudadanos.

¿Cuándo se ha visto que en Televisa y TV Azteca se vean representados los intereses, por mencionar algunos, de los sindicatos, de las organizaciones campesinas? Poco o nada. Incluso, hasta el margen televisivo de los partidos políticos resulta escaso, para Esteinou Madrid (2008)aunque en estos tiempos tengan mucho mayor tiempo de transmisión. Ni hablar de los movimientos ecologistas o los pueblos originarios, cuya aparición en estos medios es nula.
Es tan abismal la desigualdad mediática entre los medios de naturaleza privada y los de naturaleza pública que el Canal del Congreso, según Esteinou Madrid (2008), pese a ser el corazón de la discusión pública de nuestro país, pese a que el Estado mexicano siempre tuvo los recursos tecnológicos para dotar al Congreso de su propio medio de comunicación, no fue hasta el 28 de agosto del 2000 – setenta años después del surgimiento de la radio y cincuenta años después del nacimiento de la televisión en México- que el Congreso inauguró su propio canal (Esteinou, 2001a:4)
Señala que durante todo ese proceso, la imagen del Congreso era caricaturizada por los medios privados, reducida a un proceso secundario, amarillista y conflictivo que se impulsada desde lo que denomina “la tiranía del rating” (Esteinou Madrid, 2008) y la lógica del mercado, en lugar de proponer dinámicas de articulación Estado-Sociedad; circunstancia que no abonaba para la construcción de ciudadanía informada y educada en los asuntos públicos, junto al conocimiento de las problemáticas del país. (Esteinou Madrid, 2008).
Se trata de la privatización de lo público al estilo de la banalización de los medios privados, que vaciaban de sentido las sesiones del Congreso (Esteinou, 2001a: 3-4).
Que los medios privados, especialmente los dos ya mencionados, han monopolizado la información e impregnado una visión cerrada en la sociedad mexicana, es algo que no debería estar en discusión, pues este hermetismo ha dado paso a un modelo de desigualdad comunicativa que impera desde hace ochenta años (Esteinou Madrid, 2008)
Es por eso, ante este panorama, que una reforma en materia de telecomunicaciones podría dar paso a un modelo comunicativo más saludable. Si bien es cierto que hay un antecedente reciente con la reforma de 2013 de Enrique Peña Nieto, esta no abordaba los asuntos que aquí se señalan, ya que impulsaba meramente la competencia económica. El viejo modelo discrecional, vertical, frívolo y calumniador (Esteinou Madrid, 2008) permanece hasta este momento bajo el ideal de “dejar hacer, dejar pasar” y no bajo el prototipo del Estado-Nación. (Esteinou Madrid, 2008)

Si bien se podría contraargumentar que lo que se enuncia podría no tener tanta vigencia ante el auge de las redes sociales, en un proceso que se podría considerar “democratizador”,la realidad es que la desigualdad de rating entre los medios alternativos de la red y los de los medios privados con sus horas estelares, es abismal, por no mencionar el sobreflujo de noticias falsas, pérdida de datos personales y sobreinformación que la hiperconexión trajo consigo.
La necesidad de más medios públicos como el Canal 11 o el Canal 22 en la parrilla de contenidos del consumidor mexicano con el Estado mexicano como eje rector de una visión humanista de los asuntos públicos, que se distinga de la opción mercantil e infantilizadora de Chapultepec o el Ajusco, es elemental para resarcir esa deuda histórica con los grupos sociales no representados y para fomentar la participación social dentro de la vida pública.



