Opinión por Areli Regain
La tragedia nacional de Teuchitlán sí podía volverse peor. Porque en este país, cuando se toca fondo, aún se puede excavar un poco más. El Estado, lejos de responder con dignidad, decidió convertir esta herida abierta en un espectáculo de dimes y diretes, un juego político asqueroso en el que se reparten culpas entre partidos, mientras allá afuera, en las brechas, entre la maleza y el lodo, las familias siguen buscando con las uñas lo que el gobierno no quiso encontrar.
Todo desapareció. Otra vez. No sólo las personas, sino también el enfoque, la memoria, la verdad. El aparato mediático se movió con precisión quirúrgica: había que cambiar la narrativa. Había que volver sospechosas a las madres buscadoras, criminalizar su dolor, sembrar dudas, tacharlas de conflictivas, de peligrosas, de mentirosas.
Y lo lograron. Las desaparecidas y desaparecidos ahora eran casi una ficción incómoda. El gobierno, tan hábil para evadir responsabilidades, sacó sus “otras cifras” —esas que no cuadran ni con la realidad ni con la sangre— para decirnos que no eran tantas, que no estaban ahí, que quizá ni estaban desaparecidas.

Mientras tanto, el crimen organizado, que debería estar en el banquillo de los acusados, se convirtió en parte del guión oficial: “testigos”, “fuentes”, incluso “afectados”. ¿Qué clase de distorsión permite que quienes siembran cuerpos ahora siembran verdades oficiales?.
Y en medio de este circo macabro, una presidenta —porque el nombre y el cargo importan— más preocupada por saber quién la desestima que por contar cuántos cuerpos han sido encontrados. Una mandataria que responde con desplantes, no con acciones. Que gobierna con ego, no con empatía. Que mide su éxito en encuestas, no en madres que puedan dormir sabiendo dónde están sus hijas.
Teuchitlán no era un atractivo turístico. No era un lugar para posar, para sacarse fotos, para llevar cámaras como quien visita una ruina arqueológica. El Rancho Izaguirre era —y sigue siendo— una fosa de dolor, una prueba viva del horror sistemático que atraviesa a este país. Pero eso también se borró.
Se filtraron los accesos. Entraron periodistas “seleccionados”, disfrazadas de buscadoras, con acreditaciones falsas y cámaras, listas para manipular la escena del crimen. Lo contaminaron todo: la tierra, la verdad, la esperanza. Rompieron protocolos, destruyeron pruebas, y lo más grave: traicionaron a las familias. No por ignorancia, sino por complicidad.
Hoy, otra vez, el Estado abandona. Otra vez, las familias se quedan solas. Otra vez, el dolor se convierte en archivo, en carpeta, en nota de dos minutos. Y otra vez, nos toca a nosotrxs gritar, escribir, marchar,exigir. Porque mientras este país esté gobernado por quien calla ante la muerte y castiga a quien la denuncia, la resistencia es lo único que nos queda.

