La mejor protección que puede tener una mujer es la valentía.

Elizabeth Zazueta

Por Elizabeth Zazueta

“La mejor protección que puede tener una mujer es la valentía.”
— Elizabeth Cady Stanton

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Hace unos días leí unas declaraciones que me provocaron una sensación que jamás imaginé experimentar en pleno 2026: miedo. No miedo porque crea que mañana las mujeres despertaremos sin derecho a votar. Miedo porque alguien volvió a plantear públicamente si las mujeres deberían seguir votando. Y, todavía más inquietante, porque fueron mujeres quienes defendieron esa idea.

No pude evitar preguntarme: ¿cómo llegamos otra vez aquí?

Durante una conferencia organizada por Turning Point USA, algunas participantes sostuvieron que el sufragio femenino había sido un error y que la sociedad funcionaría mejor si únicamente los hombres acudieran a las urnas. Más allá de la polémica o de las personas que pronunciaron esas palabras, hubo algo que me pareció profundamente preocupante: una discusión que la historia parecía haber resuelto regresó al debate público como si se tratara de una propuesta legítima más.

Hay debates que una sociedad no debería volver a tener. No porque deban prohibirse, sino porque representan conquistas que costaron demasiado. Discutir nuevamente si las mujeres deben votar resulta tan desconcertante como discutir si deberían tener acceso a la educación o el derecho a administrar su patrimonio. Son preguntas que la historia respondió hace mucho tiempo, no por capricho, sino después de décadas de lucha.

El sufragio femenino nunca fue únicamente el derecho a depositar una boleta en una urna. Fue mucho más que eso. Representó el reconocimiento de que las mujeres éramos ciudadanas plenas, capaces de participar en las decisiones públicas y de influir en el rumbo de nuestros países. En muchos sentidos, el voto fue la puerta que permitió abrir otras. Antes de hablar de igualdad laboral, de representación política, de autonomía económica o de derechos reproductivos, era necesario reconocer algo mucho más básico: que la voz de una mujer tenía exactamente el mismo valor que la de un hombre.

Y quizá por eso esta discusión resulta todavía más desconcertante. No hace ni cien años que las mujeres mexicanas conquistaron el derecho al voto. Hay abuelas que nacieron cuando las mujeres todavía no podían decidir quién gobernaba este país. Es una conquista demasiado reciente como para creer que pertenece a un pasado lejano o que está garantizada para siempre. Mientras en México aún recordamos una de las transformaciones democráticas más importantes de nuestra historia, en Estados Unidos comienzan a escucharse voces que sostienen que las mujeres nunca debieron obtener ese derecho. No puedo evitar preguntarme si hemos olvidado demasiado pronto lo que costó conseguirlo.

Por eso me cuesta comprender cómo una mujer podría desear renunciar voluntariamente a ese derecho. No hablo de compartir una ideología distinta o de defender posturas conservadoras; una democracia vive precisamente de la diversidad de ideas. Hablo de algo mucho más profundo. ¿Qué tiene que pasar para que una mujer llegue a creer que estaría mejor sin uno de los derechos que otras conquistaron para ella? ¿En qué momento dejamos de recordar que hubo mujeres encarceladas, humilladas e incluso asesinadas por exigir algo que hoy parece tan cotidiano como emitir un voto?

Quizá el problema sea que confundimos la costumbre con la permanencia. Nacimos en una época donde votar nos parecía tan natural que olvidamos que hubo generaciones enteras que jamás conocieron ese derecho. Pensamos que las conquistas sociales son irreversibles, que una vez alcanzadas permanecerán ahí para siempre, inmunes al paso del tiempo y a los cambios políticos. La historia, sin embargo, demuestra exactamente lo contrario.

Los derechos nunca han sido eternos; ninguna libertad lo ha sido. A lo largo de la historia hemos visto sociedades avanzar durante décadas para después retroceder en cuestión de años.

A lo largo de la historia hemos visto sociedades avanzar durante décadas para después retroceder en cuestión de años. Basta observar a las niñas afganas que fueron privadas nuevamente de asistir a la escuela, o a millones de menores que aún hoy son obligadas a contraer matrimonio antes de tener la edad suficiente para decidir sobre su propia vida. En Somalia, la mutilación genital femenina continúa arrebatando la autonomía de niñas bajo el amparo de la tradición. Son realidades distintas entre sí, pero comparten una misma lección: los derechos nunca están garantizados para siempre.

Podría parecer exagerado relacionar esas tragedias con una discusión sobre el voto femenino en Estados Unidos. Yo no lo creo. La historia no retrocede de la misma manera en todos los países, pero sí suele seguir un patrón parecido. Primero aparece alguien que cuestiona un derecho. Después alguien propone limitarlo. Más tarde surge quien plantea eliminarlo. Y entre un paso y otro ocurre algo todavía más peligroso: la sociedad deja de escandalizarse y comienza a preguntarse si ese derecho era realmente necesario.

Eso fue lo que sentí al leer esas declaraciones. No fue solamente coraje; fue miedo. Miedo de descubrir que una idea que parecía sepultada por la historia pudiera volver a encontrar espacio entre las nuevas generaciones. Miedo de comprobar que hay mujeres dispuestas a entregar voluntariamente un derecho que otras mujeres conquistaron pagando un precio demasiado alto. Porque lo peligroso no es únicamente que existan personas que quieran quitarnos derechos; lo verdaderamente peligroso es que haya mujeres dispuestas a creer que ya no los necesitan.

Mientras algunos aseguran que la lucha por los derechos de las mujeres terminó, millones de niñas en el mundo siguen esperando ejercer derechos que muchas de nosotras damos por hechos. Incluso en nuestro país, demasiadas niñas ven truncados sus proyectos de vida por la violencia, los matrimonios o uniones tempranas, el abuso sexual, la pobreza o el abandono escolar. Pensar que la igualdad ya fue alcanzada porque hoy podemos votar es olvidar que los derechos no se miden únicamente por lo que dice una ley, sino por la posibilidad real de ejercerlos.

Elizabeth Cady Stanton escribió que “la mejor protección que puede tener una mujer es la valentía”. Durante mucho tiempo pensé que esa valentía pertenecía únicamente a las sufragistas que marcharon, protestaron y enfrentaron gobiernos para conquistar derechos que les eran negados. Hoy creo que también nos corresponde a nosotras. No para volver a librar las mismas batallas, sino para impedir que tengamos que librarlas otra vez.

Porque hay preguntas que una sociedad nunca debería volver a hacerse. Y porque el día que aceptemos discutir el voto femenino como si fuera un derecho prescindible, quizá ya sea demasiado tarde para preguntarnos cuál será el siguiente.

Elizabeth Zazueta
Columnista
Elizabeth Zazueta es licenciada en Gobierno y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Occidente y maestrante en Gestión y Política Pública. Su trayectoria se ha desarrollado en los ámbitos de participación ciudadana, políticas públicas y liderazgo juvenil. Ha participado en proyectos de incidencia social, procesos electorales y espacios de formación cívica, impulsando propuestas enfocadas en el desarrollo de las nuevas generaciones.

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