Por Ericka Cerdas
El nepotismo es como la salsa en los tacos; siempre va a estar presente. Además, tristemente, es una práctica bastante común en América Latina, donde siempre se favorece a la familia y se pagan favores políticos. Su nombre proviene del latín nepos, que significa ‘sobrino’, porque en la antigüedad los papas otorgaban cargos a sus parientes más cercanos. Con el paso del tiempo, esta costumbre evolucionó hasta convertirse en un sistema de favores y privilegios que en México sigue más vigente que nunca.
Los nuevos por los viejos
Morena y el presidente López Obrador prometieron erradicar estas redes de influencia, asegurando que el país ya no sería gobernado por una aristocracia de apellidos. Sin embargo, lo que en realidad quisieron decir es que pasaron de familias como los Mazo en Edomex a los Batres o los Monreal, cambiando de linaje, pero manteniendo el mismo guion. Sin embargo, la reciente reforma contra el nepotismo aprobada en el Senado es, en realidad, una medida diluida que solo pospone el problema. En lugar de aplicar la prohibición de inmediato, la ley entrará en vigor en 2030, justo cuando las dinastías políticas actuales ya hayan colocado a su siguiente generación en puestos clave. ¡Oh, qué sorpresa! (Dijo nunca, nadie.)

El nepotismo no es exclusivo de la política, pero en esta área alcanza niveles alarmantes. Desde los tiempos de Porfirio Díaz, cuando la máxima no escrita era “Familia es destino”, México ha sido gobernado por clanes que se heredan el poder como si fuera un negocio. Lo grave es que esto afecta directamente la calidad del gobierno y la toma de decisiones, ya que privilegia la lealtad por encima de la competencia.
Hasta que el 2030
La presidenta Claudia Sheinbaum ha intentado justificar este aplazamiento asegurando que fue el mejor acuerdo posible, pero el argumento suena más a una mera excusa. En otros tiempos, las reformas de Ejecutivo no se les cambiaba ni una coma. Hoy, en cambio, se juega con los tiempos y las palabras, abriendo la puerta a que la clase política acomode las reglas a sus intereses. Un claro ejemplo de ello son las elecciones en Veracruz y Zacatecas, donde los mismos apellidos buscan perpetuarse en el poder. En estas entidades, las familias que han dominado la escena política durante décadas ya están moviendo sus piezas para asegurar su continuidad, demostrando que la reforma es más un ajuste cosmético que un verdadero freno al nepotismo.
Esta reforma es más un gesto simbólico que un cambio estructural. En lugar de ser un knock out contra el nepotismo, es un espejismo legislativo que permite que las mismas familias sigan controlando el poder. Mientras en México los cargos públicos sigan heredándose como si fueran títulos nobiliarios, la política seguirá siendo un club exclusivo donde el apellido es más importante que el talento.
Así que prepárense, porque si esto sigue así, pronto veremos campañas con lemas como “Gobernando desde la cuna” o “Mi hijo también tiene derecho a su curul”. Mientras tanto, la ciudadanía sigue observando el show, pagando las facturas y esperando el día en que la política deje de ser un negocio familiar y empiece a ser un verdadero servicio público.



