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Opinión por Ericka Cerdas

Con la muerte del papa Francisco, termina una etapa que se caracterizó por gestos sencillos y llamados constantes a la fraternidad entre los pueblos. Aunque su mensaje fue discreto y centrado en lo pastoral, no se puede ignorar que también ejerció un tipo de “soft power”, basado en la influencia moral y simbólica. Sus viajes estratégicos, pronunciamientos sobre temas globales y el activismo diplomático del Vaticano mostraron que, más allá de su rol espiritual, el papado sigue siendo un actor político con influencia mundial, incluso cuando se expresa con tono sereno y vestiduras blancas.

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El Imperio más longevo

A diferencia de otras figuras religiosas, los papas han sido, desde la época del Imperio Romano cristianizado, actores clave en el juego del poder mundial. El Vaticano no es solo un pequeño Estado dentro de Roma; es una sofisticada estructura diplomática con representación en más de 180 países, con asiento permanente en la ONU y un historial activo como mediador en conflictos internacionales, aunque no siempre de forma imparcial. A lo largo de los siglos, los papas no se han limitado a temas espirituales: han influido en el rumbo de imperios, firmado tratados y, según el momento, han actuado como árbitros o como jugadores con intereses propios.

Durante las Cruzadas, el papa Urbano II no solo hizo un llamado religioso: fue el artífice de una alianza internacional que, más allá de la fe, también respondía a intereses políticos y territoriales. Siglos después, en plena Segunda Guerra Mundial, Pío XII optó por una postura discreta frente a los horrores del conflicto, una “neutralidad” diplomática que hasta hoy sigue siendo motivo de debate. Más recientemente, Juan Pablo II tuvo un papel decisivo en el declive del comunismo en Europa del Este, especialmente por su influencia en su natal Polonia, al respaldar al movimiento Solidaridad. Queda claro que, a lo largo de la historia, las sotanas no siempre han estado lejos de los uniformes… y, en más de una ocasión, marcharon juntos.

Alejandro VI: el prototipo del papa-Estado

Si hay un papa que representa con claridad la dimensión política del papado, ese es Rodrigo Borgia, también conocido como Alejandro VI. Gobernó entre 1492 y 1503 con una mezcla de astucia, ambición y habilidad diplomática que lo convirtieron en una figura clave del Renacimiento. Más que un líder espiritual, fue un estratega que entendía el poder como algo que se construye con influencias reales. No dudó en usar el nepotismo para fortalecer su linaje, poniendo a su hijo César Borgia en el centro de la política italiana. Tanto impactó su figura, que incluso Maquiavelo encontró en César la inspiración para El Príncipe.

En ese contexto, el papado no era un actor secundario en la política europea, sino una pieza fundamental. El papa podía coronar reyes, bendecir guerras o excomulgar a quien se interpusiera en sus intereses. La tiara no solo representaba autoridad religiosa, también era una corona de poder terrenal. En tiempos donde la política y la fe iban de la mano, el pontífice no solo predicaba: también negociaba, ordenaba y, cuando era necesario, conspiraba.

El cónclave: política en estado puro (pero con incienso)

Elegir a un papa no es solo un acto religioso, es también uno de los procesos políticos más complejos que existen. El famoso cónclave no es otra cosa que una especie de cumbre diplomática cerrada, donde unos 120 cardenales de todo el mundo negocian, hacen alianzas y tratan de llegar a consensos que mezclan ideas, regiones e intereses estratégicos. La única diferencia con una elección parlamentaria es que no hay cámaras ni discursos públicos… pero sí una chimenea que anuncia el resultado con humo.

En ese espacio, todos los grupos tienen su peso: latinoamericanos, europeos, africanos, conservadores, reformistas… todos juegan con habilidad, siguiendo reglas que no siempre están escritas, pero que todos conocen. Y cuando por fin se ve el humo blanco, no es solo señal de inspiración divina. Es también el reflejo de acuerdos políticos, balances de poder y del esfuerzo por sostener viva a una de las instituciones más antiguas y globales del mundo.

Cuando Dios y Cesar son lo mismo

El papado, lejos de retirarse de la arena del poder, ha perfeccionado su estilo. Ya no lanza bulas excomulgatorias, pero sí influye en el diseño de políticas públicas, en la elección de aliados internacionales, y en la manera en que el mundo percibe temas como migración, pobreza, guerra y diplomacia.

Hoy en día, el papado sigue siendo un actor geopolítico de peso, aunque las formas hayan evolucionado con el paso del tiempo. Los juegos de poder continúan, pero ahora son más sutiles; los cálculos son más silenciosos, diplomacia simbólica y reglas que todos conocen, pero nadie menciona. Mientras que algunos lo perciben únicamente como un líder espiritual, otros entienden que siempre hay estrategias. Porque seamos francos: cuando un papa muere, el poder no se desvanece… simplemente cambia de manos.

Ericka Cerdas
Columnista
Ericka Cerdas es Internacionalista con especialidad en Sinología por Nankai University China y Maestra en Gestión Pública Aplicada por el Tecnológico de Monterrey. Analiza tendencias globales y su impacto en América Latina. Sus columnas exploran políticas públicas, modelos de gobernanza y la agenda global desde una perspectiva crítica y estratégica.

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