Cuando Dios se olvidó de Jesús María.

Por José Miguel Ruiz.

Le preguntaron que si cómo me había ido. Contestó que bien, dentro de lo que cabía; que fuera de las horas sin comer, todo estaba en orden. Que muy bien el operativo, porque a diferencia de la primera vez, este fue de madrugada. Que no pasó del susto.

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El problema para él empezó, cuando cayó en cuenta que también pensó que el operativo había sido mejor porque fue a las afueras de Culiacán. En verbalizar que lo duro fue en Jesús María y no en Culiacán. En separarlos como si fueran dos lugares distintos, ajenos.

Qué le hace, pues, que él aguante el estruendo de un balazo por allá y una granada por acá, el de las camionetas y motos atrabancadas, y de la psicosis generalizada del WhatsApp, si el estridente espectáculo es espectado a través de la pantalla del celular, desde la cómoda trinchera de su hogar.

Entonces, no es que su casa sea más segura; sería absurdo pensar eso. Lo que pasa es que vive en una parte del Culiacán donde dicen que son más que todo eso que pasó en aquel jueves. Del Culiacán al que, como acto de magia, a fuerza de palabras aniquilan de él la existencia de todo lo que no quieren reconocer.

Pero anular de la memoria los dos jueves más trascendentales de la vida de Culiacán es tanto como borrar todas las fotos de su ex. Tanto como cambiarse el nombre. Tanto como negar los traumas de su infancia. Tanto como pensar que un operativo fue mejor sólo porque no fue en lo urbano de la Ciudad.

La violencia no da tregua a Jesús María, pues no conforme con el trauma de lo vivido, él y los demás trazan líneas imaginarias con ellos, dividiéndose entre fronteras morales. Eso es, incluso, más violento que las balas que llovieron en Jesús María, que es Culiacán. Trazar líneas es una solución cómoda al problema, pero una grave falta ética, o lo que es en esencia el problema de la geografía: los trazados éticos del poder y de los impotentes.

Los paladines de la moral no van a dejar de gritar a los cuatro vientos que gran parte de la culpa es de los que viven en el Culiacán donde son más los buenos, por escuchar corridos; la otra parte de la responsabilidad, de los que viven en el Culiacán de donde son los malos, porque muy seguramente antes de nacer decidieron ser así.

Algún día encontrará la sensatez. Algún día reconocerá que Jesús María también está en Culiacán. Que Dios abandonó a Jesús María, porque el Estado es un dios en la era secular.

Algún día reconocerá que la suerte de Jesús María, es decir, Culiacán, está bajo cobijo o las garras del narco y que no hay nada de malo en aceptarlo. Que aceptar es reconciliar.

José Miguel Ruiz
Columnista

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