Por Juan Antonio Flores Torres
Dicen los que saben que el mejor opositor de un político que actualmente tiene el poder es este mismo, pero en carácter de oposición, pues una publicación, un vídeo o lo que se le asemeje choca con lo que puede decir como gobierno.
Actualmente, vivimos tiempos difíciles, en donde hay división entre mexicanos por cuestiones partidistas, ideológicas y formas de ver la vida en general; hay polarización y politización, puesto que el gobierno quiere mantener la narrativa a través de sus conferencias matutinas para evitar la crítica, mientras que los medios de comunicación —aquellos que se han vuelto una piedra en el zapato para esta y la anterior administración— buscan hacer frente a la narrativa del oficialismo y sembrar la crítica y el contraste de ideas en el debate público.
Diferir de la narrativa partidista de la Cuarta Transformación se ha vuelto un peligro para políticos opositores, periodistas y ciudadanos en general, pues cualquier opinión contraria al oficialismo se traduce en descalificativos, insultos o adjetivos peyorativos para quien decide señalar con dedo flamígero cuando la administración en turno acomoda su tablero de ajedrez para acumular más poder.
Y es ahí donde nos encontramos con una de las contradicciones más interesantes de la política mexicana: el político que alguna vez exigió contrapesos puede terminar considerándolos un estorbo cuando el poder finalmente llega a sus manos.
Por tal razón, resulta inevitable pensar en aquel mensaje, aquella publicación, aquel vídeo o aquellas acciones de quienes antes eran oposición y que actualmente fungen como gobierno.
¿Cuándo habíamos visto en el México contemporáneo que un presidente se quejara ante el INE por los calificativos de “corrupto”, “vendepatrias”, “la mafia del poder”, entre otros?, ¿en qué momento el gobierno se convirtió en intolerante a las opiniones que difieren de la narrativa oficial y, en consecuencia, se promovió una modificación a los derechos de las audiencias que podría convertirlo en árbitro de la verdad?
En abril de 2018, cuando todavía era candidata a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, Sheinbaum habló sobre la libertad de expresión y señaló: “Pocas veces se reconoce la libertad de expresión”. En aquella ocasión se comprometió a colaborar con el gremio de voceadores para continuar garantizando ese derecho.
Cuatro años después, ya como jefa de Gobierno, volvió a pronunciarse sobre el tema y sostuvo que en México existían la libertad de expresión y la libertad de prensa.
Entonces esto plantea una pregunta incómoda: ¿Qué ocurre cuando quien antes exigía que el poder tolerara la crítica termina siendo el poder al que se critica?
Porque desde la oposición, la libertad de expresión suele parecer un derecho indispensable; en cambio, desde el gobierno, puede comenzar a parecer una molestia cuando esa libertad se utiliza para cuestionar al gobernante.
Y aquí es donde aparece la verdadera prueba para cualquier político. No hablar cuando todos están de acuerdo con él es sencillo; la verdadera prueba consiste en demostrar que puede tolerar que otros hablen cuando están en desacuerdo.
Cualquiera puede defender la libertad de expresión cuando la expresión le favorece; sin embargo, el verdadero demócrata la defiende cuando le incomoda.
Y ese debería ser el estándar para cualquier gobierno, sin importar si se llama PRI, PAN, Morena, Movimiento Ciudadano o cualquier otro partido, porque si la libertad de expresión solamente existe cuando el gobierno está de acuerdo con lo que se dice, entonces no hablamos de libertad, sino de propaganda.
George Orwell entendió algo que sigue siendo vigente: quien controla el lenguaje puede intentar controlar también la percepción de la realidad.
Y no digo que México sea 1984, pero quizá deberíamos preocuparnos cuando un gobierno empieza a sentirse incómodo no solamente con las críticas, sino con la existencia misma de quienes tienen la libertad de formularlas.
Porque el poder cambia de manos, los gobiernos terminan, los partidos pierden elecciones, los políticos pasan, pero las palabras permanecen; y tarde o temprano, quien hoy ocupa la silla presidencial puede encontrarse frente al espejo de su propio pasado.
Entonces quizá descubra que su mayor opositor no era el partido contrario, sino él mismo.


