¿En qué momento dejamos de sentir el dolor ajeno?.

LINA MARÍA ORTIZ

Por Lina Maria Ortiz Tibaduiza

Algo que me preocupa profundamente de la sociedad colombiana, a parte de los problemas ya conocidos (políticos y económicos), es la capacidad de ser indiferentes ante el sufrimiento de los demás. Nos hemos acostumbrado tanto a la violencia, a la tragedia, a las injusticias, que pareciera que cada vez como sociedad necesitamos algo más cruel para lograr conmovernos, lo más preocupante es que en muchos casos ni siquiera eso llega a ser suficiente.

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Normalmente cuando se habla de derechos humanos, lo más fácil es asociarlos a las leyes, o como una directa responsabilidad del Estado. Pero pocas veces nos detenemos a pensar en lo fundamental, la empatía. Esa que es la capacidad de reconocer al otro como un ser humano aun cuando su contexto o su manera de pensar son completamente diferentes a la nuestras.

Creo que uno de los mayores problemas para garantizar los derechos humanos en Colombia es precisamente la pérdida progresiva de esa sensibilidad colectiva. Reforzamos tanto la idea del bienestar individual que pareciera que los derechos de los demás solo nos importan cuando coinciden con nuestros propios intereses. Somos un país que se suele indignar selectivamente, se justifican unas violencias y se condenan otras dependiendo de quién sea la víctima o quién las cometa.

Colombia está pasando por un momento especialmente complejo. Tenemos un presidente que llegó al poder después de unas elecciones supremamente ajustadas, con apenas 251.854 votos de diferencia. Recibió un país profundamente dividido, en el que millones de ciudadanos no se identifican con su proyecto político. Esto llega a ser razón suficiente para exigirle un compromiso incluso mayor con la reconciliación y el respeto por las diferencias.

A pesar de eso, las actuaciones que ha tenido el presidente desde que llegó hace 2 meses aproximadamente, me generan la duda de ¿qué clase de mensaje está transmitiendo a la sociedad cuando en su ejercicio de poder y “liderazgo” todo se convierte en un espectáculo alrededor de la violencia?

Caminó frente a una fila de bolsas que contenían los cadáveres de presuntos integrantes de grupos armados abatidos en una operación. Para sus simpatizantes fue una demostración de autoridad, a mí, me abre el interrogante de ¿en qué momento comenzamos a considerar que la muerte de otro ser humano puede convertirse en un trofeo político?

Y no soy defensora de criminales, ni los justifico, tampoco desconozco la obligación que tiene el Estado de enfrentar a los grupos armados. Se trata de entender que incluso quienes han cometido los actos más atroces conservan su dignidad y su condición humana. Un cadáver, una muerte NO es un objeto de exhibición, tampoco es en un motivo de celebración pública.

Siento verdaderamente peligroso que esos mensajes no se quedan solamente en los discursos presidenciales, sino que retumban en una sociedad donde ya es “pan de cada día” encontrar comentarios violentos en redes sociales, llenos de ira, que justifican la justicia por mano propia, que celebran agresiones y hasta promueven la “limpieza social”. Preocupante aún más, que ese desprecio por la vida no se dirige únicamente contra los que cometen delitos, sino que también termina alcanzando a poblaciones vulnerables que ellos consideran indignas de vivir.

Nos acostumbramos a clasificar a las personas entre las que merecen tener derechos y las que gracias a nuestros prejuicios, simplemente no deben tenerlos. Lo cierto, es que los derechos humanos no son un premio al buen comportamiento, tampoco un privilegio guardado para quienes piensan como nosotros.

La historia de Colombia no puede construirse desde una sola orilla política, la responsabilidad no recae solamente en un presidente. Sería demasiado sencillo atribuirle a un gobierno una indiferencia que llevamos años alimentando como sociedad. También somos responsables cuando compartimos mensajes de odio, justificamos la violencia contra alguien porque no nos agrada, guardamos silencio ante una injusticia porque la víctima pertenece a otro sector político o confundimos el deseo de justicia con el deseo de venganza.

La defensa de los derechos humanos necesita de una coherencia que muchas veces puede ser incómoda, necesita reconocer la dignidad de quienes nos contradicen, necesita rechazar la violencia aun cuando se ejerce contra quienes consideramos nuestros adversarios y necesita comprender que ninguna diferencia política debería convertir a otro ser humano en un enemigo al que sea válido destruir.

Aprendamos a construir desde la diferencia.

Lina María Ortíz
Columnista
Lina Maria Ortiz Tibaduiza. Politóloga e internacionalista Colombiana. Estudiante de la Especialización en Pedagogía de los Derechos Humanos de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC). Apasionada por la política, la escritura y el pensamiento crítico. Su experiencia en el sector público y el trabajo con comunidades ha fortalecido su compromiso con la justicia social, la participación ciudadana y la defensa de los derechos humanos. Concibe la política como una herramienta de transformación social y la escritura como un medio para cuestionar las injusticias, promover el debate público y contribuir a la construcción de una sociedad más crítica, empática y consciente de sus realidades.

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