Por Psic. Luis Angel Félix Lorenzana
Una de las frases que con mayor frecuencia podemos escuchar de madres y padres de adolescentes es: “Antes me contaba todo y ahora ya no me dice nada”. Para algunos padres, este cambio puede resultar desconcertante e incluso doloroso. Pueden comenzar a preguntarse qué hicieron mal, si su hijo ya no confía en ellos o si existe algún problema que no están logrando identificar.
Desde mi perspectiva, uno de los primeros errores que podemos cometer como adultos es interpretar inmediatamente el silencio o el distanciamiento de un adolescente como una señal de rechazo hacia sus padres. La adolescencia implica importantes cambios en la manera en que los jóvenes se relacionan con su familia, consigo mismos y con su entorno. No significa necesariamente que dejen de necesitar a sus padres; muchas veces significa que comienzan a necesitar una relación diferente con ellos.
La adolescencia es una etapa en la que aumenta progresivamente la necesidad de autonomía. El adolescente comienza a desarrollar sus propios criterios, opiniones, gustos, relaciones y formas de tomar decisiones. UNICEF señala que, conforme los adolescentes maduran, la relación de crianza necesita adaptarse a sus nuevas necesidades y capacidades, incluyendo mayores oportunidades para expresar sus opiniones y participar en decisiones que les afectan.
Por eso considero importante que los padres se hagan una pregunta diferente. En lugar de preguntarse únicamente “¿por qué mi hijo ya no me cuenta nada?”, quizá sería más útil preguntarse: “¿Qué sucede cuando mi hijo decide contarme algo?”
Esta pregunta puede cambiar completamente la perspectiva. Cuando hablar se convierte en un interrogatorio, imaginemos que un adolescente llega a casa y comenta:
—“Hoy tuve un problema con un amigo.”
La respuesta inmediata de los padres puede ser:
—“¿Qué pasó?”
—“¿Quién empezó?”
—“¿Qué hiciste tú?”
—“¿Y por qué no me dijiste antes?”
—“¿Ese muchacho es el que te dije que no te juntaras con él?”
Aunque estas preguntas pueden surgir de la preocupación y del deseo de ayudar, el adolescente puede percibirlas como un interrogatorio. Entonces aprende algo importante, contarles sus problemas a sus padres puede generar más presión que alivio.
No necesariamente deja de confiar en ellos. Puede comenzar a seleccionar qué cosas contar, cuándo contarlas y cuáles reservarse. Aquí considero fundamental distinguir entre escuchar para comprender y escuchar para responder.
Los padres, especialmente cuando perciben que su hijo está atravesando un problema, pueden sentir la necesidad de solucionarlo inmediatamente. Sin embargo, no toda conversación necesita comenzar con un consejo, una reprimenda o una solución.
A veces un adolescente necesita primero sentirse escuchado, recomiendo precisamente la escucha activa como una herramienta fundamental en la comunicación con adolescentes. Escuchar activamente implica mostrar interés, evitar juzgar y tratar de comprender el punto de vista del joven, incluso cuando el adulto no está de acuerdo con él.
Escuchar no significa estar de acuerdo, este punto me parece particularmente importante. Existe una confusión frecuente entre validar una emoción y aprobar una conducta.
Un padre puede decir:
“Entiendo que estés muy enojado con tu amigo”
sin decir:
“Entonces estuvo bien que lo insultaras.”
Puede decir:
“Entiendo que tengas miedo de contarme lo que pasó”
sin decir:
“No importa lo que hayas hecho.”
Validar significa reconocer que una emoción, una preocupación o una experiencia existe y merece ser escuchada. Después de eso todavía pueden establecerse límites, consecuencias y responsabilidades.
En mi opinión, esta diferencia puede ayudar a los padres a dejar de ver la comunicación como una elección entre ser demasiado permisivos o ser demasiado estrictos. Es posible escuchar y, al mismo tiempo, establecer límites.
¿Por qué algunos adolescentes prefieren hablar con sus amigos?
Otro aspecto que puede generar preocupación es cuando los padres descubren que su hijo habla de sus problemas con sus amigos y no con ellos.
La primera reacción puede ser:
“¿Por qué le cuenta todo a sus amigos y a mí no?”
Sin embargo, durante la adolescencia las relaciones con los pares adquieren una importancia considerable. El adolescente está construyendo su identidad y explorando diferentes formas de relacionarse con los demás.
Esto no significa que los amigos sustituyan necesariamente a los padres.
De hecho, considero que aquí existe una oportunidad para que los padres cambien su papel. En lugar de intentar competir con los amigos o exigir que el adolescente les cuente absolutamente todo, pueden procurar convertirse en una figura disponible y segura a la que el adolescente pueda acudir cuando realmente necesite ayuda.
La meta no debería ser saberlo todo, debería ser que, cuando ocurra algo importante, el adolescente sepa que puede acudir a sus padres sin miedo a ser inmediatamente juzgado, ridiculizado o castigado.
Privacidad no significa abandono
Un adolescente puede querer cerrar la puerta de su habitación, pasar tiempo solo, tener conversaciones privadas con sus amigos o no contar cada detalle de su día.
Para algunos padres esto puede sentirse como una pérdida de control. Pero la privacidad forma parte del proceso de autonomía. UNICEF señala que la comunicación con adolescentes debe considerar su creciente necesidad de independencia, privacidad y autonomía, sin abandonar la disponibilidad emocional de los padres.
Esto tampoco significa que los padres deban ignorar señales de riesgo. Si existen indicadores importantes de violencia, consumo de sustancias, autolesiones, abuso, problemas graves de salud mental o situaciones que comprometan la seguridad del adolescente, la supervisión y la intervención adulta son necesarias.
Por eso no considero adecuado defender una postura extrema de “hay que respetar toda privacidad” ni la contraria de “los padres tienen derecho a saber absolutamente todo”.
La pregunta debería ser:
¿Qué nivel de supervisión necesita este adolescente de acuerdo con su edad, madurez, comportamiento y nivel de riesgo?
La comunicación se construye antes de que aparezca el problema, otro error que observo es intentar mejorar la comunicación familiar únicamente cuando aparece una crisis. Cuando el adolescente reprueba materias, tiene problemas con sus amigos, termina una relación, presenta cambios importantes de conducta o atraviesa una crisis emocional, algunos padres intentan establecer de repente conversaciones profundas que nunca habían ocurrido. Pero la confianza difícilmente puede construirse únicamente durante una emergencia.
La comunicación comienza mucho antes.
Mantener una comunicación familiar desde etapas anteriores puede facilitar que esta continúe durante la adolescencia. También recomienda mostrar interés por aquello que resulta importante para los adolescentes y preguntar por sus opiniones y perspectivas.
Por eso considero que preguntar “¿cómo te fue?” no siempre es suficiente. A veces necesitamos conocer aquello que realmente forma parte de su mundo: qué música escucha, qué videojuegos juega, qué personas admira, qué le preocupa, qué piensa de determinada situación o simplemente qué cosas le hacen sentir bien.
No porque los padres tengan que convertirse en expertos en todo lo que les interesa a sus hijos, sino porque mostrar interés es una manera de decir “tu mundo también me importa”.
La comunicación también influye en el bienestar emocional
Este tema no debe reducirse solamente a “llevarse mejor con los hijos”.
la comunicación no es solamente una herramienta para conseguir que un adolescente obedezca. Es parte de la relación que puede permitirle sentirse acompañado mientras desarrolla su autonomía.
Entonces, ¿qué podemos hacer como padres? No existe una fórmula universal. Cada adolescente, cada familia y cada contexto son diferentes.
Sin embargo, considero que algunas preguntas pueden ayudar a cambiar la manera en que nos acercamos a ellos:
– ¿Estoy escuchando para comprender o solamente para responder?
– ¿Mi hijo puede contarme un problema sin pensar que inmediatamente recibirá un regaño?
– ¿Le pregunto qué piensa o solamente le digo qué debe hacer?
– ¿Respeto su necesidad de privacidad sin dejar de estar atento a posibles señales de riesgo?
– ¿Le demuestro interés por las cosas que son importantes para él?
– ¿Mis conversaciones con él ocurren solamente cuando existe un problema?
– ¿Estoy intentando controlar su adolescencia o estoy ayudándolo a aprender a tomar decisiones?
Quizá una de las cosas más difíciles para los padres sea aceptar que la relación con un hijo adolescente necesita transformarse.
El niño que antes buscaba a sus padres para resolver prácticamente todo comienza a querer tomar sus propias decisiones. Esto puede generar miedo, frustración e incluso nostalgia en los padres. Pero considero que el objetivo de la crianza no es mantener al hijo dependiente indefinidamente, sino acompañarlo progresivamente hacia la autonomía. Por eso, cuando un adolescente dice “no quiero hablar”, no siempre debemos responder con presión.
A veces podemos simplemente decir:
“Está bien. Cuando quieras hablar, aquí estoy.”
Puede parecer una frase pequeña, pero transmite algo importante: no tienes que hablar ahora, pero tampoco estás solo Y quizá esa sea una de las funciones más importantes de los padres durante la adolescencia: no estar encima de sus hijos todo el tiempo, sino procurar que, cuando necesiten mirar hacia atrás buscando apoyo, sepan dónde encontrarlo.
Dedicado para Audrey


