Cuando el ambiente laboral nos afecta más de lo que creemos.

Por Diana Sugey

La mayoría de nosotros acudimos todos los días a nuestro trabajo y desempeñamos en él diferentes funciones. Algunas personas tenemos la suerte de tener un empleo que nos gusta, que impulsa nuestro crecimiento personal y profesional, y que, además, nos permite disfrutar de una buena calidad de vida. No obstante, también hay quienes no se sienten a gusto con lo que hacen; se sienten estancados, atrapados por sus responsabilidades o necesidades económicas, sin poder tomar la decisión de dejarlo.

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A esto se suma otro factor crucial: el ambiente laboral. Este puede ser ameno, colaborativo y motivador, pero también puede volverse tenso, exigente o incluso tóxico, desencadenando diversos malestares psicológicos como ansiedad, irritabilidad, falta de motivación o agotamiento emocional.

Lo anterior me hace preguntarte: ¿alguna vez has pensado que el trabajo puede parecerse a una familia? No porque lo sea, claro está, sino porque en ambos espacios convivimos, compartimos responsabilidades, establecemos vínculos y, a veces, también enfrentamos conflictos. Y como en cualquier familia, ese entorno puede ser funcional o disfuncional, dependiendo de cómo nos relacionamos y de las dinámicas que se construyen día a día.

Una familia funcional se caracteriza por la buena comunicación, el respeto mutuo, la claridad de roles, la expresión emocional saludable y el apoyo entre sus miembros. En cambio, una familia disfuncional presenta relaciones caóticas, malentendidos frecuentes, límites difusos, falta de reconocimiento o afecto, y, a menudo, un clima de tensión constante.

En muchos espacios laborales sucede lo mismo. A veces, los roces y malentendidos surgen porque los roles no están claramente definidos, las jerarquías son confusas, o hay líderes que más que guiar, controlan. Y cuando eso ocurre, el trabajo deja de ser un espacio de colaboración y se convierte en un terreno de conflicto, exactamente como en una familia donde no hay orden ni respeto.

Desde la psicología se sabe que las dinámicas interpersonales en el trabajo impactan directamente en la salud emocional. Cuando el ambiente es negativo, no solo disminuye el rendimiento: también se ve afectado el bienestar integral de la persona. Las relaciones laborales, como las familiares, necesitan cuidados: comunicación clara, límites sanos, reconocimiento, confianza y escucha activa. Quizá no podamos cambiar de inmediato el lugar donde trabajamos, pero sí podemos comenzar por mirar nuestras relaciones laborales con una perspectiva más humana.

Preguntarnos: ¿cómo me siento aquí?, ¿qué papel ocupo dentro del equipo?, ¿estoy contribuyendo a un entorno funcional o disfuncional? Esas preguntas no solo nos invitan a reflexionar

Sugey Mendoza
Columnista
La Maestra Diana Sugey Mendoza Cital es Licenciada en Psicología y se ha desempeñado con gran compromiso en distintos ámbitos de la formación, atención y reflexión psicológica. Actualmente, coordina el área de Psicología en la Unidad de Bienestar Universitario de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Es también docente en la Facultad de Psicología. Cuenta con una sólida formación académica complementada con diplomados en Psicología Clínica, Psuiquiatria y salud Mental y Actualización en Docencia. Su formación de posgrado incluye una Maestría en Investigación Educativa. Ha colaborado en libros como títulados "Des-centramientos sobre la panadería desde la postpandemia" e "Interdisciplinariedad en educación". Y autora del libro Efectos de la ausencia del padre en la singularidad de la infancia.

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