Por Diana Sugey Mendoza
Ayer tuve la oportunidad de dar una charla sobre prevención del suicidio en una preparatoria. Al finalizar, un estudiante pidió compartir un mensaje con sus compañeros.
En ese momento no sabía que lo que estaba por compartir era parte de su propia historia. Me conmovió especialmente la manera en que decidió contarla.
No centró sus palabras en los momentos difíciles que había atravesado, sino en el agradecimiento hacia las personas que estuvieron presentes para él. Habló de sus amigos, de su familia, de quienes lo acompañaron y, sobre todo, de lo feliz que se sentía de estar ahí, con vida, pudiendo compartir su experiencia con los demás.
Me quedé pensando en la importancia de las redes de apoyo. En lo necesario que es rodearnos de personas que nos sumen, que nos hagan bien, que puedan sostenernos cuando las cosas se vuelven difíciles y que nos recuerden que no tenemos que atravesarlo todo solos.
Como plantea Marian Rojas Estapé, necesitamos rodearnos de “personas vitamina”: personas cuya presencia, escucha y afecto tienen un efecto positivo en nuestra vida. La depresión, la ansiedad y otros malestares emocionales pueden llegar a hacernos perder de vista el sentido de nuestra vida o dificultarnos encontrar razones para continuar. Y muchas veces ese sufrimiento se vive en silencio.
No siempre porque no queramos hablar, sino porque no sabemos cómo hacerlo. Puede existir miedo, vergüenza, temor a no ser comprendidos o al rechazo; otras veces, simplemente no encontramos palabras para nombrar aquello que duele y pesa. Por eso es tan importante reconocer al otro: observarlo, escucharlo, acompañarlo y dedicarle tiempo de calidad. Vivimos con tanta prisa y, en ocasiones, tan fragmentados de nosotros mismos y de quienes nos rodean, que dejamos de voltear a ver.
Olvidamos que el otro, al igual que nosotros, también atraviesa dificultades, tiene preocupaciones, carga historias que desconocemos y puede necesitar compañía. Esta idea me hace pensar en Émile Durkheim y en El suicidio. Desde su mirada sociológica, mostró la importancia de los vínculos y de la integración social para comprender este fenómeno. Más de un siglo después, su planteamiento continúa invitándonos a reflexionar sobre algo profundamente humano: necesitamos sentir que pertenecemos, que formamos parte de algo y que nuestra existencia también importa para los demás.
Y para que eso suceda necesitamos recuperar cierta corresponsabilidad por el otro. Que el otro me interese, pero que me interese genuinamente. Hace poco lo hablaba con una compañera de trabajo. Pensábamos en todas esas ocasiones en las que alguien nos pregunta “¿cómo estás?” y respondemos casi automáticamente: “bien”. A veces decimos que estamos bien cuando en realidad no lo estamos.
Quizá porque no nos atrevemos a decir que estamos pasando por un momento difícil, porque no queremos preocupar a nadie o porque todavía no sabemos cómo pedir ayuda. Por eso, quizá también necesitamos aprender a no conformarnos siempre con un “estoy bien”. Preguntar un poco más. Escuchar sin prisa. Hacer sentir al otro que realmente queremos saber cómo está.
Hoy, 10 de septiembre, Día Mundial para la Prevención del Suicidio, quiero extender una invitación a volver a mirarnos. A observar al otro, reconocerlo, escucharlo, abrazarlo y acompañarlo. A interesarnos genuinamente por las personas que forman parte de nuestra vida. Pero también a voltear la mirada hacia nosotros mismos, preguntarnos cómo estamos, reconocer lo que sentimos y permitirnos pedir ayuda cuando la necesitamos. Tal vez no siempre podamos saber lo que alguien está atravesando.
Tampoco tenemos que tener todas las respuestas. Pero sí podemos estar presentes. Porque, a veces, acompañar también significa recordarle al otro que su presencia importa.


