Por Yonny Rodríguez
El regreso de Juan Orlando Hernández no es un hecho aislado ni una simple sorpresa electoral. Revela, en el fondo, las grietas profundas de la política hondureña. Para entender este momento sin quedarnos en la chismografía del día a día, vale la pena mirar lo que varios pensadores han explicado sobre el poder, la impunidad y el descontento de la gente.
El mito de la justicia importada: no podemos juzgar en casa.
Durante años, Honduras esperó que la justicia viniera de afuera. Nos acostumbramos a depender de tribunales extranjeros o misiones internacionales para castigar a los poderosos. El sociólogo Max Weber decía que un Estado solo es real si tiene el control y la capacidad de aplicar la ley en su propio territorio. Al no construir esa capacidad, el Estado hondureño entregó su tarea principal.
Como advertía Karl Marx en sus escritos sobre política, la historia se repite cuando los problemas de fondo nunca se resuelven. La llegada del expresidente nos pone de frente contra la realidad: tenemos un sistema judicial que no puede procesar a sus élites por cuenta propia. Esa falta de fuerza volvió al país un simple espectador de su propio destino.
La impunidad como costumbre: el juego de la memoria corta
El regreso de una figura tan cuestionada muestra otra tara de nuestra política: la memoria corta como estrategia de supervivencia. El analista Fernando Rosso habla del «empate» en la política, esa situación donde ningún grupo logra gobernar del todo y terminan perdonándose las faltas entre ellos para repartirse el poder. En Honduras, la impunidad no es un fallo del sistema; es la moneda con la que negocian los de arriba.
Esto genera lo que el filósofo Eduardo Rinesi llama una tragedia política. Ocurre cuando las instituciones no resuelven los problemas reales y dejan que todo se decida por la fuerza o el capricho del momento. Cuando perdonar el delito se vuelve la norma, las reglas dejan de existir.
La erosión del país: la gente ya no cree en nada
El golpe más duro de esta crisis no se da en los despachos políticos, sino en la calle. El sociólogo François Dubet explica que cuando la impunidad se vuelve cotidiana, la sociedad se llena de «pasiones tristes»: frustración, desconfianza y un enojo silencioso. El ciudadano común en Honduras ya no solo desconfía de un partido o de un candidato; perdió la fe en la idea misma de justicia.
Cuando la ley se aplica según quién la pida, el acuerdo social se rompe. El politólogo Gerardo Aboy Carlés señala que las crisis continuas cambian los límites de lo que la sociedad considera aceptable.
El retorno de JOH no inicia una crisis nueva; solo destapa el desgaste acumulado de un país que lleva años postergando sus deudas. Mientras la clase política siga pensando en el cálculo del día, Honduras seguirá atrapada en el mismo círculo de impunidad.


