Por Adrián Espinosa de Los Monteros
La política se ha convertido en un espectáculo de representación que va más allá de propuestas, ideas e intercambios. Ahora lo que realmente importa para conectar con la gente es la estridencia, el desparpajo y una malentendida rebeldía que supuestamente vendría a romper con lo tradicional y reflejada en figuras extravagantes como Milei, Verastegui, Trump o el pastor Gebel.
Hay en todo esto una especie de tensión con el hecho de que estamos en la época de mayor disponibilidad de información y conocimiento al alcance de cada vez más personas (ya que las brechas digitales por más que sigan siendo grandes, poco a poco se han ido reduciendo) y la facilidad con que individuos logran posicionar discursos altamente digeribles para el grueso de la población, a la que convencen con asuntos retóricos más que con evidencia empírica.
A pesar de esto, se podría matizar que una buena parte de los ciudadanos no tiene tiempo para pensar en los asuntos que afectan la vida pública porque están ocupados sobreviviendo. Eso también es cierto, pero para el clasemediero promedio que tiene los medios económicos y los recursos sociales es inadmisible que por momentos caiga en este culto a la ignorancia o al antiintelectualismo que está en tendencia en redes con la aparición de figuras, influencers, creadores de contenido y personajes que proponen reducir las relaciones sociales y económicas a la esfera individual.
Tal vez Mark Fisher (QEPD) tenía razón al alertar que cuando la política se reduce a vigilar privilegios individuales y medir quien es moralmente correcto, la lucha de clases queda desplazada por una competencia interna de pureza.
Mientras la conversación pública siga girando en torno a la forma y no el fondo, seguiremos extraviados. Cuando la política se convierte en un espectáculo para humillar al otro, se anula la convivencia democrática.
Cuando se trata de ganar una discusión y no de nutrirla con diferentes perspectivas que complementan el asunto tratado. Porque resulta incluso sorprendente que hasta el lenguaje corporal funciona como ejemplo para mostrar la inconformidad con lo expuesto por la otra persona. Y todo se erosiona con mucha más facilidad cuando se recurren a falacias argumentativas ad hominem o al “hombre de paja”. Tal vez los niveles de polarización no son cuestión de quién está gobernando y por qué partido, sino más bien estos provienen de nuestra propia incapacidad de ampliar nuestra visión con la de los demás.
Sería muy ingenuo pensar que las divisiones en la sociedad se limitan únicamente al tema político, relegando los aspectos culturales, materiales y sociales. Ver la problemática solamente a través de la lupa de quien está en el poder y descartando el hecho de que la aceleración tecnológica nos está superando en muchos aspectos, incluso anulando la convivencia y el sentido humano que se conservaba antes de la avalancha digital de los últimos años, pero que se empezó a trastocar a partir del año 2000.
Es posible que actualmente estemos subestimando los niveles de influencia de las burbujas de filtro, las cámaras de eco y los algoritmos.
Todos diseñados desde las altas esferas dirigenciales de las empresas de tecnología para dividir opiniones en la población y enganchar a un amplio grupo de personas a la adicción que genera la dopamina y la serotonina; mientras fragmentan la conversación en pequeños nodos que nunca se encuentran unos con otros, asumiendo que estamos en la etapa de mayor libertad individual posible, en el auge de la libertad de expresión, el punto más alto de la deliberación política. No es así. Estamos de regreso en los foros de la Antigua Grecia, donde solo discutían los más aptos y a los demás se les relegaba por su condición.
De regreso en la Cueva de Platón, con percepciones engañosas, información distorsionada y falsas verdades que la sociedad da por sentadas. Aceptando lo establecido sin cuestionar, con el predominio de lo intangible sobre lo material. El pensamiento crítico como excepción a la regla.
Se antoja complicado poder restablecer la inercia que los cambios tecnológicos han traído en detrimento de la conversación pública nutrida y sana, pero lo que mínimamente deberíamos de hacer es mencionar los retrocesos en cuestión.


