La dualidad social del futbol.

Diana Sugey Mendoza

Por Psic. Diana Sugey Cital

En una ocasión me tocó ir a ver a la selección mexicana jugar, y la emoción que se vivía en el campo era impresionante. Todos gritaban, se abrazaban, se tomaban de las manos, lloraban… los unía la pasión y el deseo de conquistar la victoria.

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En un estadio en donde se está disputando la victoria, muchas emociones se viven a la vez: frustración, alegría, tristeza, nerviosismo, ansiedad. Cada jugada despierta expectativas, cada gol desata celebraciones colectivas y cada derrota deja una sensación compartida de desencanto. Por unas horas, miles de personas sienten al mismo tiempo, como si sus historias individuales se encontraran en una sola narrativa.

Sabemos que las cosas no van bien, y que quizá deberíamos estar preocupados por la situación actual, no solo del país, sino del mundo. Parece incluso un contrasentido que, habiendo tantas situaciones que requieren nuestra atención, decidamos concentrarnos en el futbol e invertir tiempo, energía y recursos en ello. No obstante, el mundial aparece como una especie de curita emocional que no sana la herida, pero sí permite, por un momento, olvidarnos de ella. Nos regala días de alegría, de unidad y de regocijo, en donde nos reconocemos como mexicanos y nos reunimos alrededor de una misma esperanza: la de ver a nuestro equipo ganar.

Y quizá ahí radica parte de su valor. No porque resuelva nuestros problemas, sino porque nos recuerda algo profundamente humano: la necesidad de compartir emociones. En una época marcada por la prisa, la incertidumbre y, muchas veces, el aislamiento, el futbol nos ofrece un lenguaje común. Personas de distintas edades, profesiones, ideologías y contextos encuentran un punto de encuentro en noventa minutos de juego.

Desde la psicología sabemos que los seres humanos necesitamos sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos. Necesitamos símbolos, rituales y experiencias colectivas que nos permitan fortalecer los vínculos sociales. El futbol, para millones de personas, cumple esa función. Nos permite celebrar juntos, sufrir juntos y, sobre todo, recordar que no estamos solos.

Por supuesto, el entusiasmo deportivo no debe distraernos permanentemente de los desafíos que enfrentamos como sociedad. Sin embargo, tampoco deberíamos minimizar aquellos momentos que nos permiten recuperar el ánimo. Porque nadie puede sostenerse únicamente desde la preocupación. También necesitamos espacios para la ilusión, la alegría y la esperanza.

Quizá por eso, cuando vemos a una multitud abrazarse después de un gol, no solo estamos observando una celebración deportiva. Estamos siendo testigos de una necesidad profundamente humana: la de sentirnos unidos, la de compartir emociones y la de creer, aunque sea por un instante, que algo bueno puede suceder.

Y tal vez, en tiempos tan complejos como los que vivimos, esa esperanza compartida también tiene un valor incalculable.

Sugey Mendoza
Columnista
La Maestra Diana Sugey Mendoza Cital es Licenciada en Psicología y se ha desempeñado con gran compromiso en distintos ámbitos de la formación, atención y reflexión psicológica. Actualmente, coordina el área de Psicología en la Unidad de Bienestar Universitario de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Es también docente en la Facultad de Psicología. Cuenta con una sólida formación académica complementada con diplomados en Psicología Clínica, Psiquiatria y salud Mental y Actualización en Docencia. Su formación de posgrado incluye una Maestría en Investigación Educativa. Ha colaborado en libros como títulados "Des-centramientos sobre la panadería desde la postpandemia" e "Interdisciplinariedad en educación". Y autora del libro Efectos de la ausencia del padre en la singularidad de la infancia.

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