Por Alex Hernández
Ser comunicador político, pocas veces se trata de ser glamuroso; se trata, más bien, de sentarse durante horas con alguien que no sabe todavía qué quiere decir, o que lo sabe demasiado bien pero no encuentra las palabras y acompañarlo en el proceso de descubrirse.
Hay una imagen que persiste en el imaginario colectivo del comunicador político: El asesor de traje impecable susurrando al oído del candidato, la estratega de campaña que mueve hilos desde una sala de guerra iluminada por pantallas, el consultor que vuela entre capitales y cobra en dólares por cada frase memorable que aparece en los noticieros.
Para ser sinceros, claro que es una imagen seductora pero temo decir que, en su mayor parte, tan solo es una mentira bastante conveniente.
Ser comunicador político, pocas veces se trata de ser glamuroso; se trata, más bien, de sentarse durante horas con alguien que no sabe todavía qué quiere decir, o que lo sabe demasiado bien pero no encuentra las palabras y acompañarlo en el proceso de descubrirse.
Es un trabajo que ocurre en cuartos poco fotografiados, en conversaciones que no llegan a los titulares, en la paciencia de escuchar antes de hablar. Ysin embargo, ahí, en ese espacio aparentemente menor, es donde nacen las historias que valen la pena contar. Descubrir quién es el político es la primera y más exigente tarea del comunicador político. No en el sentido superficial de conocer su trayectoria o memorizar sus propuestas, sino en el sentido profundo de entender qué lo mueve, qué lo ha formado, a quien admira, qué dolores y contradicciones carga y cuáles ha resuelto o sanado.
Un político sin autoconocimiento definido es apenas un portavoz de lugares comunes. El comunicador que no se toma el tiempo de esa excavación no construye narrativa: fabrica ruido y eso, inevitablemente termina en la temible desconexión ciudadana. Pero la tarea no termina ahí, porque cada político existe en relación con una comunidad, y esa comunidad tiene su propia historia: sus heridas colectivas, sus héroes y sus villanos, sus anhelos no cumplidos, su forma particular de nombrar el mundo.
El comunicador político que ignora ese tejido contextual, aquél que solo llega con una fórmula probada en otra elección, en otro territorio, ante otro tipo de personas, no está comunicando, está imponiendo y las comunidades, tarde o temprano, lo perciben.
Descubrir cómo la historia personal del político se entrelaza con la historia de su comunidad, ese es el verdadero arte. No es un proceso limpio ni rápido, requiere humildad intelectual, disposición para cambiar el diagnóstico inicial, y una honestidad incómoda cuando lo que el político quiere proyectar no corresponde con lo que realmente es. Aquí conviene ser críticos con nuestra propia profesión.
Demasiados comunicadores políticos han confundido el oficio con la producción de espectáculo. Han entendido la narrativa como manipulación, la imagen como disfraz y la emoción colectiva como un recurso a explotar. Han tomado atajos: En lugar de encontrar el elixir genuino que un político puede llevar a su gente, esa combinaciónauténtica de visión, propuesta y carácter, se han dedicado a fabricar “moldes” y plantillas de estrategias y supuestos sentimientos, promesas sin sustancia, emociones sin raíz, identidades de campaña que se evaporan el día después de la eleción o peor aún, antes de siquiera llegar a las urnas.
El costo no es solo ético, (aunque con ello ya tendría que ser suficiente), lo es también práctico: Las narrativas falsas no resisten el contacto prolongado con la realidad y en un ecosistema de información fragmentado, desconfiado y con un acceso a la información practicamente infinito, el escándalo de la incongruencia llega más rápido que nunca.
Entonces, ¿Qué debería ser el comunicador político? Un lector, antes que un descubridor, debe ser estrictamente alguien capaz de tomar lo que genuinamente existe en un candidato o en una causa, y encontrar el lenguaje, los símbolos y los formatos que permitan que eso llegue a quienes debería importarles. Un arqueólogo de identidades que excava hasta encontrar lo que es real, y lo saca a la luz con precisión y estrategia. Pero ese trabajo de excavación solo es posible si el comunicador entiende algo que parece elemental y no lo es; que nada en política es neutro, que nada pasa desapercibido, que cada gesto, cada elección de palabras, cada cosa que se decide no decir, ya está hablando.
El Dr. Ricardo Joya, uno de esos maestros que te cambian el ángulo con el que ves el mundo, lo resumía con la convicción de quien sabe que está diciendo algo importante: En política, todo comunica. No solo el discurso, no solo el spot o el mitin, comunica el silencio, comunica la ausencia, comunica lo que se promete y no se cumple, y comunica también, con una elocuencia brutal, lo que jamás se prometió pero todos esperaban.
Si eso es verdad —y quien ha trabajado en esto sabe que lo es— entonces el comunicador político no puede permitirse la comodidad de ser un técnico neutral que solo ejecuta instrucciones.
Tiene una responsabilidad que va más allá del político: Le debemos algo a la comunidad que va a recibir ese mensaje, a los ciudadanos que van a tomar decisiones con base en lo que hemos ayudado a construir. Eso no es glamour, es, en el mejor sentido de la palabra, un deber y los que elegimos este oficio lo sabemos desde el primer día en que entendimos que todo comunica.


