Por Darío Jiménez
Gritamos los goles en el Estadio Akron, pero el marcador que define el futuro de México se llama Soberanía Tecnológica.
El Estadio Akron fue el epicentro de la atención nacional. Cuando sonó el silbatazo inicial del encuentro entre México y Corea del Sur, no solo vimos a dos selecciones disputándose posiblemente el liderato del grupo “A” del Mundial, sino el reencuentro de dos aficiones unidas por la nostalgia de aquel “coreano, hermano, ya eres mexicano” del Mundial de Rusia 2018, en donde México se clasificó como segundo de grupo por la victoria de Corea ante Alemania.
Hubo intensidad en todo el estadio, una derrama económica en la Zona Metropolitana de Guadalajara y 90 minutos de nervios totales para ambas aficiones. Sin embargo, fuera de la cancha se jugó un partido mucho más complejo y de futuro a largo plazo. Uno en el que los goles no se gritan, sino que se miden en patentes, inteligencia artificial y soberanía tecnológica.
A mediados del siglo pasado, por ahí de 1960, ambos países arrancaron un “partido” económico desde vestidores muy desiguales: México atravesaba por el “milagro mexicano”, mientras que Corea era una nación devastada tras la guerra, con un “10” en su equipo llamado agricultura.
Hoy, las realidades son opuestas. Corea del Sur trabajó en sus fuerzas básicas para convertirse en un referente tecnológico. La respuesta a su éxito radica en el diseño de sus instituciones. Corea del Sur se encuentra constantemente en el top global de propiedad intelectual, registrando más de 130,000 patentes al año, ¿Alguien sabe cuántas patentes saca México al año? Las patentes son el vivo reflejo de una gran labor institucional en donde se encuentran los incentivos hacia la transformación de cada país.
Mientras ellos apostaron por renovar su vestidor y establecer reglas institucionales claras para incentivar la innovación, nosotros apenas comenzamos con ese proceso para asegurar nuestro lugar en el próximo “mundial” de la tecnología. Para entender el milagro coreano llamado “Milagro del río Han” no hace falta mirar fútbol, sino su historia: en 1960, Corea exportaba manufacturas de poco valor agregado y materias primas; para 1990 ya exportaban automóviles, acero y semiconductores.
Esta transición y el éxito de hoy en día de las empresas coreanas radica en la premisa del economista Douglass North “las instituciones son las reglas del juego en una sociedad”. Corea del Sur entendió que para dejar de producir manufactura de poco valor y convertirse en una potencia tecnológica, necesitaba apostar por su cantera, Corea apostó por un sistema educativo en STEM, así como la protección de la propiedad intelectual y proyectos de Estado a largo plazo, no de una sola administración.
Durante muchos años, la narrativa colocaba a México en el extremo opuesto: el eterno gigante de la CONCACAF que ensambla el futuro de otros, pero que no construye el propio, donde nuestra mayor ventaja competitiva parecía ser, lamentablemente, la mano de obra barata. Realmente esto no es una ventaja competitiva y no es sostenible a largo plazo, esto es un equilibrio subóptimo de acuerdo a Michael Porter que condena y precariza a nuestra sociedad. La geopolítica actual y el T-MEC nos han obligado a cambiar la estrategia de juego en medio del partido (Afortunadamente), ya que para evitar aranceles se exige que el 75% del valor de un auto sea de la región de Norteamérica, obligando al combinado azteca a crear cadenas de suministro locales de alto valor.
Es aquí donde México ha realizado un cambio de juego: se decidió usar la famosa “Triple Hélice” propuesta por Henry Etzkowitz, en donde el Estado, la Industria y la Academia trabajan en equipo. Imagínate que tu tridente de ataque está conformado por Julián Quiñones, Hugo Sánchez y Carlos Vela, con esto el desarrollo tecnológico ocurre. El reciente lanzamiento de Olinia, el primer auto eléctrico desarrollado y diseñado en su totalidad por talento joven mexicano y poblano, marca un cambio dentro del campo.
Olinia no solo es importante por ser eléctrico, sino porque el código, el diseño y las patentes son mexicanas, acercándonos a la verdadera soberanía tecnológica. Ya no se trata solo de regalar terrenitos y no cobrar impuestos para atraer inversiones extranjeras para que instalen sus fábricas, sino de coordinar los esfuerzos del Estado, sector industrial y académico para construir un futuro propio. Hoy Puebla juega como el crack creativo y crucial, básicamente el “10” o el “7” de cualquier equipo.
Con una industria automotriz viva, el estado se convierte en el ecosistema natural para que este proyecto no sea solo un prototipo, sino un motor de industrialización masiva. A través de la articulación de hubs tecnológicos y políticas públicas que conectan la academia con la industria, se están sembrando las bases institucionales para que el talento nacional deje de emigrar y comience a liderar.
Olinia que no es ni un coche ni una moto; es el símbolo de que México puede competir en la industria de la movilidad del siglo XXI bajo sus propios términos. Cuando ruede el Trionda en el Akron, la pasión y el nacionalismo se desbordarán en la grada. Habrá quien celebre un gol o lamente una falla.
Pero el marcador que también debería de obsesionarnos como país, es el que se define fuera de la cancha: el de la soberanía nacional y la autosuficiencia tecnológica. La infraestructura se está construyendo y el talento está listo en la banca del equipo.
Para ganar este partido a lo largo de la cancha, frente a potencias consolidadas como Corea, necesitamos constancia institucional; entender que la ciencia y la innovación son apuestas de Estado que trascienden periodos gubernamentales.
El talento mexicano ya demostró que puede diseñar la movilidad mexicana del futuro, pero ¿estamos verdaderamente listos para ganar tanto dentro como fuera de la cancha?


