Por Juan Antonio Flores Torres
“Todas las creencias, las costumbres, los gustos, las emociones y las actitudes mentales que caracterizan nuestro tiempo están diseñados en realidad para preservar la mística del partido e impedir que pueda percibirse la verdadera naturaleza de la sociedad actual” (Orwell, p.223).
George Orwell, en su novela 1984, advertía sobre sociedades donde las ideas, costumbres y formas de pensar terminan moldeándose para preservar estructuras de poder antes que para fomentar el pensamiento crítico.
Aunque la obra fue publicada hace tiempo, la reflexión es vigente. En México solemos preguntarnos cuántos ciudadanos acuden a votar, pero rara vez nos detenemos a cuestionar si estamos formando ciudadanos capaces de analizar, cuestionar y participar en la vida pública. La pregunta es inevitable: ¿estamos formando ciudadanos o solo votantes?
Durante años, la conversación pública se ha concentrado en aumentar la participación electoral. Tanto partidos de oposición mexicanos (PRI, PAN, MC) como del oficialismo (MORENA, VERDE, PT) invitan a las y los mexicanos a participar en temporada electoral en nombre de la democratización de nuestro país. Sin embargo, poco se habla de la calidad de esa participación. Un ciudadano no deja de serlo al salir de la casilla; por el contrario, es a partir de ese momento cuando comienza la responsabilidad de vigilar, cuestionar y exigir resultados a quienes ejercen el poder.
En los últimos años, el discurso político de la Cuarta Transformación encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum y el expresidente López Obrador, ha promovido una lógica de división entre quienes apoyan al proyecto gobernante y quienes lo cuestionan. Bajo esa dinámica, la crítica suele interpretarse como traición, mientras que el apoyo incondicional se presenta como virtud. El resultado es preocupante: una sociedad donde cada vez es más difícil debatir ideas sin ser etiquetado. Y es tan preocupante que desde siempre se nos ha enseñado que no se habla de política, religión o fútbol en las reuniones familiares, lo cual es un error, puesto que es ahí donde empieza el ejercicio democrático y plural para debatir sobre aciertos y errores de nuestros gobiernos.
Ninguna democracia se fortalece cuando los ciudadanos dejan de cuestionar al poder o abandonan la discusión política en sus hogares para “evitar” roces familiares. La verdadera participación democrática exige la capacidad de reconocer los aciertos de un gobierno, pero también señalar sus errores.
México necesita ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Ciudadanos que no entreguen su confianza de manera permanente a ningún partido, dirigente o movimiento político (la situación actual de nuestro país). La democracia no consiste en defender gobiernos; consiste en defender principios, instituciones y libertades, elementos importantes para cualquier país democrático y que lamentablemente en estas dos últimas administraciones a nivel federal, México ha sido y sigue siendo víctima del retroceso democrático que tanto nos costó alcanzar.
Actualmente hay una concentración de poder, una polarización excesiva, eliminación de órganos autónomos como el INAI, que se encargaba de garantizar a la ciudadanía el acceso a la información pública gubernamental y protección de datos personales, facultades hoy administradas por el gobierno a través de la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno, el debilitamiento de nuestro árbitro electoral, el INE, entre otros aspectos.
El futuro de nuestro país no dependerá de cuántas personas acudan a las urnas, sino de cuántas estén dispuestas a seguir participando cuando las campañas hayan terminado. Porque una nación de votantes puede ganar elecciones; pero una nación de ciudadanos puede transformar su destino.


