Por Miguel Vicente
Durante décadas, la política mexicana estuvo acostumbrada a una lógica simple: los partidos luchaban por conquistar el poder, pero pocas veces enfrentaban el desafío más complejo de todos, que es entregárselo a sí mismos sin fracturarse. En esta lógica simple el PRI institucionalizó la transición, el ‘dedazo’ para el afortunado y la ‘operación cicatriz’ para que los perdedores lamieran sus heridas.
Pero Morena, ellos operan con otra lógica, todos levantan la mano, todos aspiran, todos tienen oportunidad, la democracia interna vive momentos de expresión completa y están entrando, quizás por primera vez, en un territorio desconocido.
En 2027 no sólo estarán en juego gubernaturas; estará en juego la capacidad del movimiento para demostrar que puede sobrevivir a la emoción de la conquista y entrar a la etapa más difícil de cualquier proyecto político: la administración de su propia continuidad.
Estados como Sinaloa representan con claridad este momento histórico. Morena llegó al poder por primera vez como fuerza de ruptura, impulsado por el desgaste del viejo sistema político y por una narrativa de transformación moral del Estado. Pero ahora la pregunta ya no es cómo llegar, sino cómo permanecer sin convertirse en aquello que criticó. Gobernar por segunda ocasión consecutiva obliga a un movimiento a mirarse al espejo. Y no todos los proyectos sobreviven a ese ejercicio de autocrítica.
Hay una diferencia profunda entre construir una oposición y construir una sucesión. La oposición vive de la denuncia; la sucesión vive de la responsabilidad.
Mientras el adversario externo unifica, la continuidad interna revela tensiones, grupos, ambiciones y diferencias de visión. Jorge Zepeda Patterson ha insistido muchas veces en que el verdadero reto de los movimientos transformadores no es ganar elecciones, sino administrar el poder sin devorarse a sí mismos. La historia latinoamericana está llena de proyectos que sabían luchar, pero no sabían heredarse.
Por eso, quienes hoy están cediendo el poder dentro de Morena enfrentan una prueba política y moral. El gobierno no puede convertirse en patrimonio personal, ni de ‘ismos’, mucho menos en el mecanismo de protección de grupo. Toda transformación se degrada cuando la sucesión deja de pensarse como continuidad de proyecto y comienza a entenderse como reparto de posiciones.
El gobernante saliente debe comprender algo difícil: su mayor legado no será imponer sucesor, sino construir condiciones para que el movimiento conserve legitimidad después de él. En política, soltar el poder también es una forma de ejercerlo.
Pero también, la responsabilidad no es menor para quienes pretenden recibirlo. Llegar después de la primera generación de gobiernos morenistas implica una exigencia distinta. Ya no basta el discurso de la esperanza ni la narrativa de la llegada histórica. Ahora se les juzgará por resultados, por capacidad institucional y por madurez política. Quien aspire a gobernar bajo las siglas de Morena en 2027 debe entender que heredar un movimiento dominante no significa administrar inercias, sino evitar el desgaste natural que produce el poder prolongado, y lo más importante, sin demeritar el trabajo de su antecesor, que aún con fallas es producto de su movimiento.
Aquí aparece una de las paradojas más interesantes de la Cuarta Transformación: el movimiento nació criticando una cultura política basada en grupos, cuotas y herencias internas, pero el crecimiento mismo del poder genera inevitablemente estructuras que buscan preservarse.
Es una tensión casi filosófica.
Quizás por eso la elección de 2027 será menos una disputa electoral y más una prueba de conciencia política para Morena. Porque por primera vez tendrá que demostrar que puede transferir el poder sin romper el proyecto, sin convertir la continuidad en imposición y sin permitir que las disputas internas sean más grandes que la idea que los unió. No será una batalla entre adversarios tradicionales; será una conversación íntima del movimiento consigo mismo.
Al final, toda fuerza política enfrenta un momento decisivo: descubrir si nació únicamente para conquistar el poder o si realmente aprendió a ejercerlo.
Morena está entrando en esa etapa. Y la manera en que entregue el poder Morena a Morena, definirá si la Cuarta Transformación logra convertirse en una cultura política duradera y no sólo un breve episodio en la historia mexicana, como sí lo fueron los gobiernos del PAN o de Movimiento Ciudadano, que de ellos luego hablamos.
Nos vemos en la próxima.
Miguel Vicente.


