Por Juan Antonio Flores Torres
Las democracias no siempre mueren entre golpes de Estado tal como se solía hacer anteriormente… A veces mueren lentamente, mientras los ciudadanos siguen creyendo que todo sigue igual.
Y eso hoy está pasando con nuestro México lindo y querido. Lo que describo no es una cuestión de partidos o ideología individual, sino todo lo contrario, de lo que estoy hablando es de tener civismo, patriotismo, pero sobre todas las cosas, CONCIENCIA HISTÓRICA.
Pronto está por llegar la conmemoración de la Independencia de México, en donde todos los mexicanos nos reunimos al unísono para gritar el glorioso “VIVA MÉXICO”; sin embargo, pareciera que más que ser una conmemoración se volviera una simple y llana costumbre. ¿Acaso tres guerras (Independencia, Reforma y Revolución) llenas de sangre, muertes, sacrificios y lágrimas no bastaron para amar y proteger la democracia funcional que tenemos y conocemos… o bueno, que teníamos y que conocíamos?
A pocos días del “Viva México, cabrones”, grito lleno de orgullo y pasión, los ciudadanos siguen pasivos frente a las atrocidades y atentados que ha sufrido nuestra democracia. La elección del Poder Judicial con el argumento –mentira– de democratizar la justicia, la captura del árbitro electoral (el INE) o la reciente aprobación de las boletas planchadas para el día de la elección son algunos de los muchos ejemplos de que nuestra democracia está al borde del precipicio.
¿Qué hace falta para que los ciudadanos salgan de esta anestesia y decidan hacer valer el grito de “Viva México y sus instituciones”? ¿Acaso quieren que las elecciones vuelvan a estar en manos de la Secretaría de Gobernación para despertar y ver realmente lo que pasa en México?
Hoy estamos a tiempo de cambiar el rumbo de México y poner en el más alto sitial a nuestra democracia para que quien sea que habite Palacio Nacional no crea tener la autoridad moral de cambiar las reglas del juego electoral para capturar la democracia y poder seguir disfrutando de las dulces mieles del poder a costa de las y los mexicanos.
Porque la historia no suele avisar cuándo comienza a apagarse una democracia; por eso, mientras podamos hablar, cuestionar y elegir, tenemos la obligación y el deber cívico de hacerlo.
QUE VIVA MÉXICO.
Y QUE VIVAN SUS INSTITUCIONES.


