Carlos Alberto Paredes Villegas

Arabia Saudita y la reconfiguración del mundo islámico.

Por Carlos Alberto Paredes Villegas

El historiador Perry Anderson escribía en un artículo de 2001 titulado Precipitarse hacia Belén que “El cautiverio de los palestinos es consecuencia de una sumisión más amplia de Oriente Próximo.

El día en que el mundo árabe deje de precipitarse hacia Washington –en caso de que llegue alguna vez–, Israel se verá obligado a restituir sus desproporcionados beneficios. A menos que esto ocurra, no hay grandes posibilidades de hacer que el sionismo cambie de actitud”. Para entonces, y en realidad hasta hace pocos días, el que un mundo árabe unido le plantase cara al sionismo y a Estados Unidos parecía en absoluto imposible. Sin embargo, Medio Oriente y buena parte de África experimentan cambios contundentes desde septiembre de 2025, cambios acentuados y acelerados en los primeros días de este año que pueden catalogarse como históricos en toda regla, al hacer que la región en su conjunto entre en una nueva etapa.

La acelerada búsqueda saudí de alianzas regionales con una marcada connotación defensiva representa una reestructuración profunda de las dinámicas en la zona que cambia todas las ecuaciones y escenarios de análisis que se tenían anteriormente. No se trata ya solamente del genocidio en Gaza, la eventual reanudación de la guerra entre Irán e Israel o el colapso de Siria. Tampoco es únicamente que aparezcan nuevas guerras proxy al estilo del (mermado) Eje de la Resistencia o que los BRICS+ apuntalados por China y Rusia busquen influencia al igual que Estados Unidos.

De todo esto ya hemos hablado, y ahora todo debe recalibrarse debido a la aparición del súbito liderazgo regional saudí que se presenta sin titubeos y de manera decisiva, redefiniendo toda la relación de poderes existente desde hace décadas en apenas cuestión de días, al establecer objetivos comunes junto a Turquía y Egipto en el mundo islámico (no solo árabe), que incluyen en primera instancia evitar el separatismo apoyado por Israel y los Emiratos Árabes Unidos (EAU) en Yemen, Somalia, Sudán y Siria. Pero esto es apenas la punta del iceberg.

El breve tiempo y la decisión con la que se está conformando este nuevo eje sugiere que muchos países islámicos tratan de anticiparse a un evento lo suficientemente importante como para buscar cooperación y unidad. No es gratuito que la formación de esta alianza islámica rompa esquemas de seguridad diseñados para Israel así como sus proyectos regionales, tampoco que se esté creando días antes de la posibilidad de la reanudación de la guerra entre Irán e Israel. En este artículo abordaremos un cambio de paradigma en el mundo islámico que parecía impensable.

Antecedentes: Los ataques indiscriminados de Israel a países de medio oriente a partir del genocidio en Gaza

Un teléfono inteligente mostrando la aplicación de WhatsApp con un mensaje que invita a unirse a un canal de WhatsApp.

Como preámbulo al panorama actual, deben tomarse en cuenta los múltiples ataques que Israel ha realizado de manera indiscriminada a diferentes países luego de iniciar el genocidio en Gaza (reconocido por la ONU en 2025, pero que ha sido sistemático en toda Palestina desde décadas antes de la fundación del Estado Judío), lo que ha dejado claro que los ataques de la entidad sionista no estarían únicamente dirigidos contra sus enemigos, (Líbano, Siria, Yemen, Irak e Irán, asesinando a civiles inocentes de todos estos países bajo el pretexto de combatir facciones terroristas), sino que no tendría problema en atacar a sus aliados.

En septiembre de 2025 Israel atacó la capital de Catar, Doha, que había puesto grandes esfuerzos en numerosas ocasiones para alcanzar una negociación entre Hamas e Israel para lograr un alto al fuego en Gaza. El objetivo de Israel era asesinar a negociadores de Hamas con los que se reuniría ese día, que si no fuera suficiente para demostrar su falta de interés en un acuerdo de paz, al atacar el territorio catarí demostró que no le importaba tampoco atacar a sus aliados, y que utilizaría la operación Diluvio de al-Aqsa como el pretexto perfecto para anexionarse la Franja de Gaza.

De esta forma, con sus 7 ataques violatorios del derecho internacional y humanitario a diferentes países, quedó de manifiesto su interés expansionista para la creación del Gran Israel, un proyecto mesiánico que se remonta a 1919 y pregona que el territorio del Estado Judío debería abarcar no solo Palestina, sino que debería extenderse desde el Nilo hasta el Éufrates, ocupando el Líbano, Jordania, Siria, el Sinaí, y más tarde se consideraría gran parte de Irak y Arabia Saudita. Este es un proyecto que la misma entidad sionista no tiene problema en reconocer y defender de manera abierta.

Ante este panorama, muchos países aliados de Israel, o al menos que se mantenían en una posición neutra, entendieron que cualquiera de ellos podría ser el siguiente en sufrir un ataque por parte de Tel Aviv para alcanzar sus objetivos mesiánicos. Tal es el caso de Turquía, que desde el derrocamiento de al-Asad en Siria, ha tenido tensiones crecientes con Israel por la influencia que ambos países mantienen en este territorio, tensiones que quedaron registradas en un artículo de Haaretz donde planteaba que Turquía podría ser el siguiente país en ser atacado por Israel bajo el pretexto de su apoyo a Hamas, señalando que “Hasta hace poco, la perspectiva de un conflicto armado entre Turquía e Israel —ambos socios estratégicos de Estados Unidos y Europa— parecía impensable”, pero “El apoyo abierto de Ankara a Hamás y su expansión militar en Siria puede interpretarse como una política exterior neootomana destinada a desplazar a sus rivales y afirmar el dominio turco en Oriente Medio”.

No obstante, las preocupaciones por los ataques indiscriminados de Israel también alcanzaron a Arabia Saudita, que 8 días después del ataque a Catar, el 17 de septiembre de 2025 firmaría un acuerdo de defensa con Pakistán llamado Acuerdo Estratégico de Defensa Mutua (SMDA por sus siglas en inglés), el cual incluye el paraguas nuclear pakistaní. Este movimiento por sí mismo representó un cambio radical que redefinió el equilibrio de poder en medio oriente al crear por primera vez una alianza de disuasión nuclear para que Israel no se atreviera a atacar estos países, marcando el inicio de lo que comenzaría a verse como una “mini OTAN” árabe. Desde entonces, la búsqueda desesperada de Netanyahu para normalizar relaciones con el Reino Saudí quedó sepultada, y con ello el proyecto del Escudo de Abraham.

En este contexto se enmarcan declaraciones bastante inusuales por parte de uno de los mayores halcones neoconservadores de Estados Unidos, ya que el 1 de noviembre Lindsey Graham, quien ha apoyado y promovido invasiones desde las de Irak y Afganistán hasta la reciente de Venezuela, y que también presiona para una invasión a Irán, dijo que la solución de dos Estados (es decir, la creación de un Estado Palestino) era la única en pro de la seguridad de Israel, y que “no hay futuro sostenible para Israel sin un horizonte político que separe a israelíes y palestinos en dos estados”. Esta aseveración va en contra del expansionismo sionista y su ambición de ocupar la Franja de Gaza, pero en el fondo, oculta la preocupación de que diferentes países islámicos finalmente comenzaran a tomar acciones contra los proyectos de regionales de Israel.

Consecuencias: Acercamiento estratégico del mundo islámico

Hasta ahora, se tienen dos elementos principales que explican el cambio de paradigma en medio oriente: 1) El gran distanciamiento entre Turquía e Israel por tener intereses contrapuestos en Siria, y 2) Una nueva alianza defensiva y disuasoria entre Arabia Saudita y Pakistán. Estos dos eventos dejaban entrever que las posibilidades de una alianza estratégica entre Riad y Ankara eran bastante elevadas, lo cual se terminó precipitando por el apoyo de los Emiratos Árabes Unidos (marioneta israelí) al Consejo de Transición del Sur (CTS) en Yemen, un grupo secesionista que desde inicios de diciembre tomó el control de diferentes localidades controladas por el gobierno yemení respaldado por Riad, llegando a anunciar que formarían Yemen del Sur. A esto el 29 de diciembre se sumó el reconocimiento de Israel de Somalilandia, un Estado también secesionista en Somalia. Quedó en evidencia entonces que luego de los ataques de Ansarolá a embarcaciones dirigidas a Israel, estas acciones tenían la intención de establecer control sionista en el Mar Rojo, el Golfo de Adén y el Estrecho de Bab el-Mandeb, a expensas de sus vecinos, por lo que un tercer elemento que provocó el acercamiento de potencias islámicas es el apoyo de Israel al secesionismo en países de Medio Oriente y África.

Todo indica que Israel y los UAE parecieron subestimar la capacidad de respuesta de las potencias regionales, pero la eventual creación de Yemen del Sur y Somalilandia habrían sido una grave amenaza a la seguridad de Medio Oriente en su conjunto al verse directamente implicada una las principales rutas marítimas donde circula el comercio regional y mundial. Particularmente, Yemen del Sur habría sido un importante frente proxy contra Arabia Saudita, mientras que Somalilandia perjudicaría tanto a Turquía al tener su base militar exterior más grande en Somalia, pero también a Egipto frente a Etiopía (afín a los intereses israelíes). Es en este contexto que Arabia Saudita sería el primero en dar un golpe sobre la mesa contra las acciones de EAU (que por detrás opera en pro de la agenda regional israelí), apoyando desde el 2 de enero al gobierno yemení en sus operaciones para retomar el control de las áreas ocupadas por el CTS, lanzando ataques aéreos contra los separatistas que no solo terminaron por recuperar las localidades ocupadas, sino que eliminó la presencia del CTS definitivamente, cuando el grupo anunció su disolución el 9 de enero. Desde entonces, la política regional saudí comenzó a enfocarse en barrer a los grupos respaldados por Israel y UAE. No solo Yemen y Somalia (en donde planea aumentar su presencia con una base militar), sino que también Sudán y al Franja de Gaza entraron en su agenda regional. Para ello, comenzó a fortalecer sus alianzas con los gobiernos de estos países, pero también con Turquía y Egipto, lo que marca el verdadero cambio de panorama con una magnitud histórica, lo cual ya discutiremos.

En medio del involucramiento activo de Arabia Saudita para eliminar los separatistas de Yemen, MBS sostuvo una llamada telefónica con Erdogan el 4 de enero en donde abordaron las maneras de fortalecer sus relaciones, así como la manera de cooperar en asuntos regionales, mientras que el 8 de enero se celebró en Ankara la primera reunión de cooperación naval entre estos dos países, y el 9 de enero Turquía anunciaría abiertamente que busca ser parte del acuerdo de defensa pakistaní-saudí. Por su parte, el presidente egipcio tuvo una reunión con el ministro de exteriores saudí el 5 de enero abordando no solo la situación en Yemen, sino que “Sisi afirmó la importancia de intensificar la coordinación egipcio-saudí sobre cuestiones de interés mutuo y las crisis actuales en la región”, destacando los casos de Sudán, Yemen, Somalia y la Franja de Gaza, sentenciando que Egipto comparte puntos de vista idénticos con Arabia Saudita. Si un acercamiento estratégico turco-saudí seguido de un acercamiento estratégico egipcio-saudí no fueran suficientemente impactantes por sí solos, el 6 de enero MBS recibiría una llamada de Ahmed al-Sharaa (actual presidente de Siria y antiguo terrorista de Al Qaeda que llegó a la presidencia gracias al apoyo de Turquía e Israel) para discutir la manera en la que se puede fortalecer su cooperación bilateral. De esta forma, tan solo entre el 4 y el 6 de enero hubieron importantes acercamientos entre las potencias regionales de Medio Oriente junto a más países islámicos para coordinar sus esfuerzos en la estabilización de la zona, desbaratando la influencia sionista construida durante años.

Implicaciones: Medio Oriente, África y “La prensa islámica”

Lo verdaderamente importante a resaltar aquí, es que este nuevo eje hace que se desmorone el orden que Estados Unidos creó durante décadas en medio oriente en aras de la seguridad de Israel, el cual inició con esfuerzos para normalizar las relaciones entre el estado judío y diferentes países árabes, como el tratado de paz con Egipto en 1979 (que desde entonces se interpretó como una derrota del mundo árabe y la causa palestina), el de Jordania en 1994 y más recientemente con los Acuerdos de Abraham de 2020 que normaliza las relaciones de Israel con EAU, Marruecos y Bahréin.

Todo este período estuvo caracterizado por la pasividad (casi docilidad y sumisión) saudí y turca ante Israel, y por la destrucción de países como Irak, Afganistán y Siria, así como por el aislamiento económico impuesto a Irán, el único país que estaba abiertamente en contra de Israel y del genocidio en Gaza. Lo que se intenta decir es que, hasta hace poco tiempo, medio oriente se encontraba dividido políticamente.

Si bien no existían tensiones entre Turquía, Arabia Saudita y Egipto, lo cierto es que competían por el liderazgo del mundo islámico, y por recibir beneficios de Estados Unidos al no meterse con el proyecto de limpieza étnica de Israel. El que luego de décadas antepongan la cooperación por encima de su competencia lo cambia todo. Era un escenario imposible pero que el mismo Israel terminó creando.

Retomando a Anderson, en su artículo mencionado al inicio señala que “El poder israelí no se rendirá nunca más que ante la fuerza. Pero la suya tiene un talón de Aquiles. Sigue todavía siendo un Estado en último extremo dependiente para su defensa y prosperidad de Estados Unidos. Su suerte ha estado siempre en función de la protección extranjera y no podría sobrevivir a su sustracción. Si alguna vez se retirara el apoyo estadounidense al sionismo, su intransigencia se erosionaría rápidamente”, la cual sigue siendo una realidad vigente, toda vez que no es capaz de defenderse por sí mismo de Irán y necesitó de Estados Unidos y Jordania para tratar de detener los drones y misiles persas durante la Operación Verdadera Promesa I y II y la Operación Castigo Severo.

Sin embargo, lo más importante que Anderson menciona en este texto, y lo cual es motivo de este artículo, es lo siguiente: “Mientras las dos potencias árabes clave –Egipto con su población y Arabia Saudí con su petróleo– sigan siendo Estados-cliente de Estados Unidos, Oriente Próximo y su petróleo se mantendrán sin problema bajo control estadounidense y no hay motivo para negar a Israel nada de lo que desee. Pero en caso de que esta situación llegara a modificarse, el destino de los palestinos cambiaría al instante […] Si se derribara cualquiera de estos dos edificios –en el mejor de los casos, los dos–, se modificaría el equilibrio de poder en la región”.

De tal manera, hoy no solo cae el pilar saudí y se tambalea del egipcio, sino que a lo anterior se suma Turquía, por lo que lejos de conseguir el proyecto del Escudo de Abraham mediante la normalización de relaciones con países árabes y la decapitación del Eje de la Resistencia liderado por Irán, Israel se encuentra más bien prensado por países islámicos unidos bajo el liderazgo saudí. ¿Será esto suficiente para que Tel Aviv reconsidere una guerra directa contra Irán?


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