PISCÓLOGA DIANA SUGEY MENDOZA

Cuando la ilusión se pierde: una mirada a la depresión.

Por Diana Sugey Mendoza Cital

La depresión, un concepto tan presente y necesario de nombrar hoy en día, es definida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como un “trastorno mental frecuente que se caracteriza por una tristeza persistente y una pérdida de interés o placer en las actividades cotidianas”. David Nasio la describe como la pérdida de una ilusión, y autores como Viktor Frankl, entre otros, la entienden como la pérdida del sentido de la vida.

Estas definiciones inevitablemente me llevan a cuestionarme:
¿qué es lo que conduce a una persona a perder la ilusión o el sentido de vivir?, ¿qué ocurre internamente para que alguien se sienta triste la mayor parte del tiempo, siendo incapaz de disfrutar incluso las pequeñas cosas del día a día?

En más de una ocasión he escuchado decir que las personas que viven con depresión son como verdaderos superhéroes, porque todos los días se enfrentan a sí mismas para poder levantarse de la cama, y muchas veces no sabemos qué tan dura fue esa batalla. Quizá quienes escuchamos o somos testigos de estas experiencias no logramos comprenderlas del todo. A mí me ha pasado que, cuando conozco algún caso —ya sea porque un paciente me lo comparte—, me descubro preguntándome constantemente: ¿qué siente esa persona?, ¿qué piensa?, ¿cómo vive su día a día?

Intentan responder a mis inquietudes, y aun así, muchas veces no me resulta suficiente. Y esto sucede porque las vivencias son profundamente personales: cada uno de nosotros interpreta lo que le ocurre desde su historia, sus recursos y sus heridas. Sin embargo, el no entenderlo completamente o no sentir de la misma manera no nos da el derecho de invalidar lo que el otro siente.

Un teléfono inteligente mostrando la aplicación de WhatsApp con un mensaje que invita a unirse a un canal de WhatsApp.

Porque el sufrimiento es real. Tal vez no siempre lo comprendamos, pero las personas sufren. En realidad, todos sufrimos de una u otra forma; la diferencia es que no todos lidiamos con el sufrimiento de la misma manera. Lo que para mí puede resultar manejable, para otros puede ser abrumador e incluso insoportable.

También me pregunto qué es lo que estas personas realmente necesitan. Vivimos en sociedad, y hay un concepto que me resulta especialmente valioso: la corresponsabilidad social. Esto implica reconocer que no vivimos aislados, y que, si nos acompañamos unos a otros, podemos aliviar —aunque sea un poco— el malestar ajeno. Y si no sabemos cómo ayudar, siempre podemos hacer algo esencial: acompañar, escuchar, validar lo que el otro siente. A veces, ser ese pequeño motor o esa motivación extrínseca puede marcar la diferencia para que alguien logre levantarse de la cama cada mañana.

Tal vez no podamos salvar a nadie, pero sí podemos no ser indiferentes. Y en un mundo donde el dolor emocional muchas veces se vive en silencio, acompañar con humanidad, respeto y empatía ya es, en sí mismo, un acto profundamente terapéutico.


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