Brandon Alejandro Ante Vargas

“El Equilibrio de la Traición: Venezuela y la Lógica del Prisionero.”

Por Brandon Ante

La captura de Nicolás Maduro en los primeros días de este 2026 no solo ha desmantelado la estructura de poder que pareció inamovible por una década, sino que ha forzado a Venezuela a entrar en la fase más cruda de la teoría de juegos aplicada a la supervivencia política.

Tras el traslado del mandatario a Nueva York, el tablero ya no se define por la confrontación ideológica, sino por un Dilema del Prisionero a gran escala donde la cúpula sobreviviente en Caracas y la administración de Donald Trump se miden en un escenario de desconfianza absoluta. En este contexto, los actores ya no buscan la victoria total, sino un nuevo Equilibrio de Nash: una situación donde, ante la amenaza de la destrucción mutua, ambos se ven obligados a aceptar un resultado que, aunque subóptimo para sus principios, garantiza su permanencia en el juego.

Un teléfono inteligente mostrando la aplicación de WhatsApp con un mensaje que invita a unirse a un canal de WhatsApp.

El dilema que enfrenta hoy la estructura encabezada por Delcy Rodríguez es el ejemplo de manual de la desconfianza estratégica. Como prisioneros en celdas separadas, los miembros del estamento civil y militar deben decidir si cooperan entre sí para resistir la presión externa o si traicionan a sus aliados a cambio de beneficios individuales ofrecidos por Washington.

La racionalidad dicta que, si todos cooperaran en la resistencia, el régimen podría sobrevivir, pero el incentivo individual para desertar y asegurar una amnistía antes que el compañero es tan alto que la cohesión interna se vuelve matemáticamente insostenible. Esta erosión de la lealtad es precisamente lo que la Casa Blanca ha buscado incentivar al posicionar a Maduro como un “jugador eliminado”, dejando al resto de la cúpula ante la disyuntiva de ser los últimos en abandonar un barco que ya ha chocado con el iceberg de la intervención.

Sin embargo, este juego no es unidireccional. La administración Trump también se encuentra atrapada en su propia matriz de pagos. La intervención unilateral a través de la Operación Southern Spear ha colocado a Estados Unidos en una posición donde la “victoria” absoluta -una ocupación total del territorio- resultaría en costos económicos y políticos inasumibles en un año electoral interno.

Por ello, Washington se ve forzado a buscar un equilibrio con los actores que aún controlan el aparato burocrático y militar en Venezuela. El resultado es un cínico punto de encuentro: una presidencia interina pragmática en Caracas que cede el control de los recursos estratégicos y la soberanía operativa a cambio de no ser desmantelada por completo. Es un equilibrio donde nadie está satisfecho, pero nadie se atreve a cambiar de estrategia por miedo a un desenlace peor.

Desde una perspectiva crítica, este nuevo equilibrio es profundamente alarmante para la arquitectura del derecho internacional. Lo que observamos no es una transición democrática guiada por la voluntad popular, sino un reajuste de fuerzas entre dos actores que priorizan la estabilidad por encima de la legitimidad. Mientras figuras como María Corina Machado y Edmundo González corren el riesgo de quedar relegados a ser meros espectadores de una negociación de la cual han sido excluidos, el “pago” real de este juego lo asume la soberanía venezolana.

Al final, la aplicación de la teoría de juegos a la crisis actual revela una verdad incómoda: en la política del poder bruto, la paz no suele ser el resultado de la justicia, sino el punto exacto donde el miedo al adversario supera la ambición de control total.


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