ARMANDO GONZÁLEZ

La sombra del Cóndor en el siglo XXI: Entre el secuestro y la resistencia.

Por Armando González

Amanecemos este 2026 con una noticia que parece extraída de las páginas más oscuras de nuestra historia continental. La reciente operación militar de Estados Unidos en territorio venezolano, que ha culminado con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, no es un “acto de justicia” ni una “misión de liberación”.

Es, por definición, un acto de terrorismo de Estado y una violación flagrante a la autodeterminación de los pueblos. Mi generación no vivió directamente las dictaduras militares del Plan Cóndor, pero crecimos leyendo sobre ellas con la promesa de que el “Nunca Más” era una garantía institucional.

Hoy, en pleno 2026, vemos que el imperialismo ha cambiado sus modales, pero no sus objetivos. Bajo la desgastada narrativa de la “restauración democrática”, Washington ha decidido que las leyes internacionales no se aplican cuando se trata de sus intereses energéticos y geopolíticos.

Un teléfono inteligente mostrando la aplicación de WhatsApp con un mensaje que invita a unirse a un canal de WhatsApp.


¿Desde cuándo un país tiene la potestad de invadir una nación soberana y llevarse a sus líderes por la fuerza? Si aceptamos esto como una práctica legítima, estamos firmando el acta de defunción del derecho internacional.

Hoy es Venezuela, pero mañana puede ser cualquier gobierno de la región que decida no alinearse a los dictados de la Casa Blanca.

La crítica no se trata de una defensa ciega a una gestión gubernamental específica. Se trata de principios fundamentales. Los problemas de los venezolanos deben ser resueltos por los venezolanos, sin botas extranjeras. La captura de Maduro y Flores es un secuestro político que busca humillar no solo a un proyecto político, sino a toda una región que intenta caminar con pies propios.

La postura de muchos gobiernos de la región es vergonzosa. Aquellos que hoy celebran esta intervención están sembrando las semillas de su propia vulnerabilidad.

No se puede hablar de democracia mientras se aplaude un golpe de fuerza quirúrgico que ignora la soberanía popular.

Este ataque terrorista marca un punto de no retorno en las relaciones interamericanas.

Es un recordatorio de que, para el imperio, América Latina sigue siendo su “patio trasero” donde pueden entrar y salir a su antojo. Ante esta agresión, la respuesta debe ser la unidad regional y la denuncia internacional. No podemos permitir que el siglo XXI sea el siglo de la recolonización.

La historia juzgará este acto como lo que es: un atropello imperialista que busca quebrar la voluntad de un pueblo. Si callamos ante este atropello, mañana no tendremos moral para defender nuestra propia soberanía. La historia no se repite, pero rima; y esta vez, nos toca impedir que el pasado más oscuro de América Latina se convierta en nuestro presente permanente.

Usted amable lector tiene la mejor opinión y puede compartírmela por mis redes sociales donde me encuentro como Armando González Romero, nos leemos en la próxima.


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