85 segundos para la medianoche: por qué el Reloj del Juicio Final no es una profecía, sino un diagnóstico.
Por Yezda Mejía
Cuando se escucha el nombre Reloj del Juicio Final, muchos imaginan una cuenta regresiva apocalíptica, un artefacto simbólico diseñado para infundir miedo o un recurso dramático digno de Hollywood. Esa interpretación es cómoda, porque permite tomar distancia. Pero es falsa. El reloj no predice el fin del mundo; mide algo mucho más incómodo: el estado de nuestras decisiones colectivas.
No funciona como oráculo, sino como un electrocardiograma de la humanidad. No anuncia cuándo moriremos, sino qué tan cerca estamos de provocar nuestra propia destrucción.
Creado en 1947 por el Bulletin of the Atomic Scientists, este reloj es una metáfora científica construida a partir de datos, consensos expertos y evaluación constante del riesgo global. En 2026, sus manecillas se encuentran a 85 segundos de la medianoche, el punto más cercano al colapso desde su creación hace casi ocho décadas. No es una exageración retórica: es el nivel máximo de alerta registrado.
Este ajuste no responde a percepciones ni a pánicos momentáneos. Cada movimiento del reloj es resultado del análisis de científicos, especialistas en seguridad internacional, clima, tecnología y comunicación. Si el tiempo avanza, es porque la realidad lo empuja.
Durante décadas, el riesgo nuclear fue el eje central de esta medición. Hoy, aunque sigue siendo una amenaza latente acentuada por la erosión de los tratados de control de armas y los conflictos armados vigentes, ya no está sola. Los expertos hablan de una policrisis, un entramado de amenazas que se potencian entre sí.
La crisis climática avanza más rápido que los compromisos políticos para frenarla. La inteligencia artificial se desarrolla a un ritmo que supera cualquier marco ético o regulatorio global. La desinformación debilita la confianza pública en la ciencia y fragmenta la capacidad social para responder a las emergencias. Y en medio de todo, el riesgo nuclear permanece, silencioso pero intacto, como recordatorio de que el botón sigue ahí.
Lo verdaderamente alarmante no es la existencia de estas amenazas, sino la normalización de ellas. Vivimos en alerta constante, pero sin urgencia real. Hemos aprendido a coexistir con el peligro, a consumirlo como noticia, a discutirlo sin transformarlo en acción.
Por eso, leer el Reloj del Juicio Final como una condena sería un error. Su función no es anunciar el desastre, sino evitarlo. Es un despertador, no una sentencia. Las manecillas también han retrocedido en el pasado: ocurrió al final de la Guerra Fría, cuando la diplomacia y la cooperación demostraron que el rumbo podía corregirse. El reloj prueba que el riesgo no es inevitable, pero sí consecuencia directa de nuestras decisiones o de nuestra falta de ellas.
Ochenta y cinco segundos no representan una cuenta regresiva mística, sino el margen operativo que nos queda antes de que los errores se vuelvan irreversibles. El Reloj del Juicio Final no dramatiza: sintetiza datos. Resume, en una sola imagen, décadas de advertencias ignoradas, acuerdos incumplidos y decisiones postergadas.
La medianoche no llegará con estruendo ni con una escena final. Llegará de forma gradual, normalizada, administrada por gobiernos que prefieren gestionar el riesgo antes que reducirlo. El reloj no mide el fin del mundo, mide nuestra disposición a convivir con él.
Si las manecillas siguen avanzando, no será por falta de conocimiento científico ni por ausencia de alternativas. Será porque, teniendo la información, elegimos no actuar a tiempo. Y esa, más que una tragedia, será una responsabilidad histórica que ya no podrá atribuirse al azar.
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